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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.48

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.., sacrificando un año, dos, cinco de su vida al delirio de su curación, sin una hora de libertad, sin descanso, sin pausa. "¡Oh queridos, nadie puede sospechar siquiera lo que yo sufro!", suspira a veces. Pero siempre se advierte a sí misma: "Hay que tener paciencia y confiar en la gracia y la misericordia de Dios".
Pero, al final, tampoco esta alma devota que cree en el milagro puede engañarse por más tiempo y renuncia a la ilusión tan largamente acariciada de que su hijo, el "Fritz de su corazón", pueda volver a ser un día un hombre sano, despierto, normal de espíritu. Resignada, confiesa que "su mal será siempre para mí un misterio". Sigue cumpliendo fielmente su deber cotidiano, lo alimenta con emparedados de jamón y le acaricia las mejillas. Pero las fuerzas de Nietzsche siguen decayendo. Está cada día más cansado. Los paseos no le atraen ya, está tendido en silencio en su sillón de enfermo, dirigiendo los ojos vacíos bajo los párpados ya pesados, con fatigoso esfuerzo, hacia las personas que entran en su cuarto. Cesan las explosiones de furor; el cráter ha terminado de arder. Apáticamente se sienta o se tiende en el mirador; "en todo un mes apenas pronuncia una sola frase, físicamente contrahecho, un espectáculo que hace llorar". Pero, evidentemente, nada siente ya, ni la felicidad ni la desdicha; de modo espantoso está en "el más allá de todo". Pierde paulatinamente toda facultad de distinguir; progresa en forma terrible la disolución, "hasta del concepto de la propia persona". "Contempla largamente sus manos con la expresión de quien cree que no le pertenecen y luego, generalmente, las mete en los bolsillos del pantalón, cosa que antes nunca hacía. En esos casos, le hago colocar las manos sobre la mesa, aunque se resiste convulsamente, se las acaricio y le hago comprender que son sus manos, la derecha y la izquierda". Es en vano que la fama lo busque, que vengan extranjeros a Naumburg en peregrinación, que los amigos que en vida le desconocieron, lo visiten ahora... Es demasiado tarde. No reconoce ya a nadie; como un león moribundo, tremendo y grandioso, mira fijamente con los ojos que estallan, a amigos y parientes. Y un destino generoso evitó a la madre la pena de ver, de seguir viendo el final, lo más terrible: cómo esta inmóvil figura, cadáver viviente, yace allí en la casa años y más años, hasta que finalmente el corazón deja de latir en el cuerpo, que también va tornándose rígido.


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