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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.46

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Viena, 1937.
contiene su nombre-: Hacen andar al paciente hacia arriba y hacia abajo, y como no lo hace bastante er-guido -para revelar los síntomas-, el profesor se ríe de él: "Un viejo soldado como usted debe saber marchar decorosamente". Y también se ríe de él, de esta larva del espíritu máximo de nuestra época, el loquero; le acaricia buenamente los espesos bigotes, le golpea en el hombro y abraza alegremente al hombre que cuando estaba sano, consideraba demasiado íntimo e importuno el más leve contacto. Como en Albatros, de Baudelaire, el que antes volaba libre y magnífico por el éter y ahora tiene las alas cortadas, se convirtió en mofa para los chicos y en grosera diversión para los loqueros. ("Se me arrastra a veces por la cabeza", dice en su jerga sajona al bondadoso compañero de cuarto.)
"Incurable" y "debe quedar internado toda la vida", dijeron los médicos. Pero alguien no lo quiere creer; la mujer emotivamente simple, emotivamente esperanzada, emotivamente delicada; su madre. "Sólo me atormentó constantemente la idea de que los médicos tal vez no comprendían exactamente la enfermedad de mi hijo". ¿Qué son para ella estas terribles y extrañas palabras, estos diagnósticos? No, ella no cree, porque no quiere creerlo, que su hijo, el Fritz de su corazón, esté loco. Sólo que trabajó demasiado este "hijo de su alma", y sanaría pronto, si ella, la madre, pudiera cuidarlo en su casa. Los médicos titubean, vacilan mucho tiempo. Dejar en ma-nos de una débil y anciana mujer a un enfermo mental que a veces sufre terribles ataques de furia -el mismo Peter Gast teme que Nietzsche "pueda derribar y aun asesinar a su madre durante esos ataques"-, sin cuidadores, sin medidas de precaución, parece absurdo. Pero la madre no ceja, no teme el peligro, se curva bajo la cruz que le ha sido impuesta y, finalmente, a comienzos de 1891, los médicos dan de alta -exigiendo un documento que los dispense de toda responsabilidad- a ese ser un poco más tranquilo, pero aun no curado por completo. Desde ese momento, la madre es la única persona que le cuida.
Y desde ese momento se ve a una anciana que de vez en cuando lleva por las calles y en largos paseos al enfermo, como si llevara a un enorme oso muy torpe. Para entretenerlo le recita sin interrupción poesías, que él escucha estúpidamente; le hace esquivar con habilidad a la gente, que los observa curiosa; y a los caballos que lo asustan.


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