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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.31

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Y esta revista, la misma que más tarde ganará cientos de miles de francos con tal obra, la rechaza lisa y llanamente; lo mismo hacen el Mercure de France y Ollendorf. Finalmente, encuentra a un nuevo y animoso editor, que se atreverá; pero transcurrirán aún dos años, hasta 1913, antes de que el primer tomo de la gran obra vea la luz. Y precisamente, apenas el buen éxito quiere abrir las alas, llega la guerra y se las corta.
Después de la guerra, cuando ya han aparecido cinco volúmenes, Francia comienza a señalar esta obra épica tan original de nuestra época, y comienza también Europa a señalarla con su admiración. Pero lo que la fama llama entonces ruidosamente por ese nombre de Marcel Proust, es ya hace mucho apenas un fragmento humano consumido, afiebrado, inquieto, una sombra temblorosa, un pobre enfermo, cuyas energías se contraen por entero sólo para ver la aparición de su obra. Proust, ese resto de Proust, sigue arrastrándose siempre hasta el Ritz por la noche. Allí, en la mesa tendida o en el cuarto del portero, lima las correcciones de los últimos pliegos de imprenta, porque en su casa, en su habitación, en su cama, presiente ya el sepulcro. Sólo allí, donde ve centellear una vez más su amada esfera mundana, siente una última migaja de fuerza, mientras que en casa se abate con las alas vencidas, ora matando su sensibilidad con narcóticos, ora excitándose con cafeína para un breve coloquio con los amigos o para una nueva labor.
Su enfermedad se acentúa cada día más rápidamente, y el hombre que estuvo demasiado tiempo ocioso, trabaja cada vez más fogosamente, más ávidamente, para adelantarse a la muerte. No quiere ver más a los médicos; ya lo torturaron demasiado y nunca le socorrieron. Así se defiende solo y así muere el 18 de noviembre de 1922. En los últimos días, ya totalmente invadido por la destrucción, se lanza contra lo inevitable con la única arma del artista: la observación. Analiza su propio estado físico, valerosamente despierto hasta la última hora, y estos apuntes deben servirle para volver la muerte de su héroe Bergotte, en las galeradas de corrección, más plástica, más verdadera; debe intentar establecer algunos pormenores muy íntimos, aquellos últimos pormenores que el escritor no podía conocer, que sólo el moribundo percibe. Su último movimiento es observación todavía. Y sobre la mesa de noche, embadurnada, en una tarjeta apenas legible, se encuentran las últimas palabras que escribió con la mano casi fría.


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