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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.29

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Porque la escena se trasforma de pronto. En 1903 muere su madre y, poco después, los médicos establecen que la enfermedad de él es incurable, y empeora constantemente. De un solo ramalazo, Marcel Proust invierte su vida. Se encierra herméticamente en su "ermita" del bulevar Haussmann; de la noche a la mañana, el holgazán aburrido, el perezoso, se trasforma en uno de los trabajadores más encarnizados y sin descanso que admiró este siglo en la literatura. De la noche a la mañana, desde la más disipada compañía se hunde en la más absoluta soledad. Trágico cuadro el de este gran poeta: está siempre en la cama, todo el día; su cuerpo magro, consumido por la tos, sacudido por los espasmos, tiene siempre frío. En la cama, se pone tres camisas, una sobre la otra, una pechera acolchada sobre el tórax, gruesos guantes en las manos... y, sin embargo, tiene frío y más frío. En la chimenea arde el fuego, la ventana nunca se abre, porque, hasta los pocos castaños enclenques plantados casi en el asfalto, le hacen daño con su débil perfume (que ningún otro pulmón en París siente como el suyo). Ya-ce siempre como un cadáver contraído, siempre en cama; respira fatigosamente el aire espeso, viciado, envenenado por las medicinas. Sólo más tarde, por la noche, se recobra para ver un poco de luz, un poco de esplendor, su amada esfera de la elegancia, un par de rostros aristocráticos. El valet le viste a duras penas el frac, lo envuelve en telas, le cubre con un abrigo de piel el cuerpo, ya rebujado tres veces. Y así va en coche al Ritz para hablar con dos o tres personas, para ver su mundo idolatrado, para ver el lujo. Delante de la puerta le espera su fiacre, le espera toda la noche y le trae, de nuevo, muerto de cansancio, a su cama. Marcel Proust ya no frecuenta la sociedad, exceptuando una oportunidad solamente; necesita para su novela el detalle de un ademán de un noble distinguido. Y por eso se arrastra hasta un salón, sorprendiendo a todo el mundo, para observar como lleva el monóculo el duque de Sagan. Y una vez, de noche, visita a una famosa cocotte para preguntarle si conserva todavía el sombrero que lució veinte años antes en el Bois de Boulogne. Lo necesitaba para describir a Odette. Y sufre un gran desengaño, cuando oye a aquella mujer reírse de él; hacía ya mucho tiempo que lo había regalado a su sirvienta.


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