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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.27

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Durante quince años, noche tras noche, se puede encontrar indefectiblemente en todos los salones, aun en los casi inaccesibles, a este hombre joven, delicado, tímido, siempre estremecido con el respeto por todo lo mundano, que constantemente charla, corteja, divierte o aburre. En todas partes se apoya en un rincón, se mezcla en una conversación; cosa extraña, hasta la alta aristocracia del barrio de Saint-Germain tolera al intruso sin nombre; y, para él, éste es su mayor triunfo. Porque el joven Marcel Proust no posee las menores cualidades en lo exterior. No es particularmente hermoso, ni particular-mente elegante, ni es noble y hasta es hijo de una hebrea. No lo autoriza tampoco su valor literario, porque su pequeño volumen Los placeres y los días, a pesar de un complaciente prefacio de Anatole France, carece de peso y de difusión. Solamente su generosidad lo torna agradable: cubre a las mujeres de flores de precio, colma a todo el mundo con los más inesperados regalos, invita a todos, se tortura los sesos para gustar y ser simpático a los bobos más insignificantes de la sociedad. En el hotel Ritz cobró fama por sus invitaciones y sus fantásticas propinas. Da diez veces más que los millonarios norteamericanos, y cuando pone el pie en el vestíbulo, todos se quitan la gorra ante él. Sus comidas para invitados son de una fabulosa prodigalidad y el colmo de la selección culinaria: hace traer de las más diversas tiendas de la ciudad todas las especialidades: las uvas, de un mercado de la orilla del Sena; las aves, del Carlton; las primicias, directamente para él desde Niza. Y así se vincula con el tout Paris y lo compromete sin cesar con gentilezas y favores, sin solicitar nunca nada para él mismo. Pero lo que más le habilita entre esta sociedad no es su dinero, gastado alegre y pródigamente, sino su respeto casi morboso por el rito, su servil endiosamiento de la etiqueta, la increíble importancia que asigna a todo lo mundano, a todas las bufonadas de la moda. Honra como libro sagrado el Corteggiano no escrito de los usos aristocráticos: días enteros le preocupa el problema de la disposición de los invitados alrededor de una mesa, la razón por la cual la princesa X. colocó al conde L. en un extremo y al barón R. en el otro. Cualquier chisme insignificante, cualquier escándalo momentáneo lo excita como una catástrofe que sacudiese el universo; pregunta a quince personas para informarse sobre cuál es el orden secreto en el turno de la princesa M.


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