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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.24

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Un año más tarde era famoso; pero entonces le tentó la lucha con los más grandes de la época y de todo el pasado, le tentó el deseo de superar al Fausto de Goethe con el Manfredo, a Shakespeare con nuevos dramas, a la Commedia de Dante con una nueva epopeya, el Don Juan, y así comienza aquella grandiosa exaltación a modo de embriaguez, aquella furia de una voluntad poética, exclusivamente por enorme orgullo. De tal manera lanzó su alta llamarada y toda su vida, toda su titánica pasión, en el incendio de su voluntad: del orgullo y la fuerza surge este único drama de la propia quemazón poética que resplandece por encima de Europa y de la cual irradia todavía un purpúreo reflejo sobre nuestra época.
Es cierto, solamente un purpúreo reflejo aún. Porque en la poesía de lord Byron halla muy poco calor ya nuestro sentimiento íntimo: sus pasiones son, casi siempre, para nosotros apenas llamas pintadas; sus pensamientos y sus sufrimientos, un día tan estremecedores, no pasan ya de frío ruido teatral y trampas pintorescas. Todo dolor egoísta tiene poco poder sobre la época, sobre el tiempo, y cansan aquellas deliberadas tristezas, que Dante relega al Antepurgatorio, mientras que lo compasivamente trágico de Hölderlin y la mágica conmoción de Keats perduran eternamente cual melodía a través de los mundos. Los gestos de Byron, adoptados luego por Heine, estos desordenados gestos prometeicos del poeta: "¡Oh desdichado de mí! ¡Qué mundo de sufrimientos debo llevar, como otro Atlas, sobre mis hombros!", tienen hoy sobre nuestra sensibilidad una influencia más bien penosa, y aun insulsa y antipática, y el juego contrario, el ingenio agudo que alterna crudamente con estas patéticas declamaciones, suena generalmente a vacío y superficial. Es siempre peligroso para un poeta transigir con su inteligencia y malbaratarla con agudezas: la sátira, que penetra cortante en la carne viva de lo contemporáneo, se embota rápidamente y cae en el vacío ya para la primera generación de la posteridad. Todas las estrofas, los centenares de ellas en Don Juan contra lord Castlereagh, contra Southey y los enemigos personales del momento, que entonces se encendieron en la maligna comprensión de la época y tuvieron efecto explosivo, hoy apenas son pólvora húmeda, lastre inútil. Por esta razón, de aquella gran épica, realmente no vive más que el escenario, los magníficos paisajes metafóricos, escenas aisladas, como las pintó Delacroix en su Naufragio; de la torre de Chillon, del campo de batalla de Waterloo, se recuerdan algunas estrofas plásticas; pero sólo queda el ropaje del mundo byroniano que cuelga ondeando alrededor de los personajes convertidos en títeres.


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