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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.23

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La menor mortificación podía tornar casi físicamente infeliz al gran poeta; se cuenta que palidecía y comenzaba a temblar de insensata furia cuando una palabra cualquiera hería su vanidad, y la forma cruel, maligna, que llegaba a lo patológico de su sátira contra sus críticos (ante todo Southey, a quien él clavó en la cruz de su mofa), contra la esposa de la que se separara, contra sus enemigos políticos, revela la inflamabilidad de su egolatría; pero precisamente este orgullo, esta excitada voluntad de ser, lo engrandeció, llevando sus energías a la tensión máxima. Esto alcanzaba lo físico, o salía (sería interesante investigarlo psicoanalíticamente), en realidad, de lo corporal: su-po transformar en fuerza, justamente mediante su voluntad, lo menguado de su naturaleza. Poseía hermosas manos, que le gustaba mostrar, buen porte, que mantenía esbelto con sacrificios -durante años no comió casi, para conservarlo-, pero tenía tullida una pierna y por este defecto lo ridiculizó su madre; una histérica, como lo hicieron sus colegas. Su orgullo le hizo dedicarse apasionadamente a la gimnasia; fue el mejor jinete, un brillante esgrimista; con su pie contrahecho atravesó a nado el Helesponto, como Leandro en busca de Hero. Todo lo reemplazaba con la voluntad: Mary Charworth, la amada de la juventud, había despreciado al lame boy, al muchacho cojo; no cejó hasta que diez años más tarde logró convertir en amante a la joven, ya casa-da. Siempre le atrajo el mostrar que podía hacerlo todo; por eso actuó una sola vez en el Parlamento como orador, para no poner ya más el pie en él después de su triunfo; por eso intervino en política e hizo la guerra, y por eso, realmente sólo por su orgullo, llegó a la literatura.
Me atrevo, pues, a sostener la opinión de que Byron no fue poeta en origen, sino que su labor poética fue impuesta por las circunstancias externas de su vida. En el fondo despreciaba la literatura; aun apremiado por deudas, rehusó arrogantemente aceptar alguna vez un chelín por sus versos, concedió su trato personal únicamente al gentilhombre Shelley y apretó apenas fríamente la mano que Goethe le tendía con pasión, casi servilmente. Cuando estudiante, escribió un tomito de malos versos que él mismo tituló despectivamente Horas de pereza; escribía versos a esa edad, del mismo modo que tiraba con la pistola y deslomaba caballos como jinete, por aristocrático aburrimiento y deportismo espiritual. Pero luego, cuando la "Edinburgh Review" ridiculizó estos versos, se exasperó su ambición; ante todo, contestó escribiendo con la más venenosa agudeza la sátira "Bardos ingleses y revisteros escoceses", y luego se empeñó en demostrar a la plebe intelectual que él, lord Byron, podía ser poeta: así tuvo comienzo un fervor inaudito.


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