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El misterio de la creación artística (Stefan Zweig) - pág.22

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Esto hizo entonces tan grande a Byron; esto y su nuevo gesto original, la gran oscuridad del misterio alrededor de su naturaleza, de su persona, la trágica tiniebla del espíritu, la máscara casi vanagloriosa de dolor universal y melancolía. Antes de él, los poetas eran los abogados ideales del bien: Schiller fue apóstol de una fe libre, como Milton y Klopstock lo fueron de la fe religiosa..., todos ellos eran los miembros de una gran comunidad, los heraldos de un mundo mejor, más puro. Byron, en cambio, se envuelve dramáticamente en ropaje sombrío: sus héroes, sus metamorfosis son los corsarios, los bandidos, los hechiceros y los rebeldes, los expulsados de la sociedad, los ángeles caídos, y Caín, el primero que se rebela contra Dios, es elegido por él como su figura preferida. Llega como el solitario, que desprecia a la humanidad, después de todos los que la amaron; su frente parece nublada por atrevidas ideas de rebelión, su alma entenebrecida por misteriosos crímenes; el dolor de milenios truena en su voz, con su voz, cuando él, desterrado de su patria, vuelve a acusar a la época con las palabras y los versos de Dante. Con él comienza el satanismo, que Baudelaire eleva luego tan maravillosamente en la literatura, el himno a lo malo y peligroso de la carne, la proclamación del "pecado" como rebelión contra el espíritu hasta entonces sagrado, el orgullo por la revuelta del individuo y del mundo: inconscientemente, prepara o anticipa la revolución del individualismo, que un siglo más tarde encuentra su fórmula en Nietzsche. Y la juventud, la eterna levantisca, siente este impulso de libertad que vive sólo para sí, no ya para el desaparecido ideal de una libertad colectiva, común, y se embriaga en su trágica lobreguez; no puede acabar de verse en la imagen de este ángel tenebroso que Dios amó y arrojó de sus cielos. Byron vivió a Prometeo para su época, al Prometeo que Goethe y Shelley cantaron; de aquí parte la monstruosa fascinación que durante medio siglo hizo del enemigo de Dios al Dios de casi toda una juventud.
En lo hondo de este titánico espíritu de Byron no hubo tal vez nada más genuino y real que un enorme orgullo, un orgullo sin meta ni medida, que se excitaba por una nadería y no se saciaba con ningún triunfo, un orgullo que ninguna gloria aplacaba ni podía satisfacer siquiera una corona real (le había sido ofrecida por los griegos).


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