María Antonieta (Stefan Zweig) - pág.101
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El conde de Artois es el comandante electo de la guardia de corps con la cual María Antonieta emprende sus correrías diur nas y nocturnas por todas las provincias de la alegre ociosidad; esta tropa es realmente reducida, y en ella cambian constantemente los cargos directivos, pues la indulgente reina dispensa a sus satélites toda clase de transgresiones, deudas y arrogancias, una conducta provocativa y excesivamente familiar, aventuras galantes y escándalos, pero cada cual tiene agotado el caudal del regio favor tan pronto como comienza a aburrir a la reina. Durante algún tiempo, el barón de Besenval, un noble suizo de cincuenta años, con la ruidosa brusquedad de un antiguo sol-dado, es el que ostenta la supremacía; después cae la preferencia sobre el duque de Coigny, un des plus constamment favorisés et le plus consulté. A estos dos, junto con el ambicioso duque de Guines y el conde húngaro de Esterhazy. les es asignada la asombrosa tarea de encargarse de la reina durante sus viruelas, lo que dio ocasión en la corte para la maliciosa pregunta de cuáles serían las cuatro damas de honor que elegiría el rey en igual situación. Permanentemente se mantiene en su posición el conde de Vaudreuil, amante de la favorita de María Antonieta, la condesa de Polignac; algo más en segundo térmi no, el más prudente y más sutil de todos, el príncipe de Ligne, el único que no cobra por su posición en Trianón ninguna lucrativa renta del Estado; también el único que conserva respeto a la memoria de su reina, en la ancianidad, al escribir los recuerdos de su vida. Estrellas fugaces de aquel arcaico firmamento son el «hermoso» Dillon y el joven, ardiente y atolondrado duque de Lauzun, los cuales, durante algún tiempo, llegan a ser muy peligrosos para la involuntaria virginidad de la reina. Trabajosamente, con enérgicos esfuerzos, logra el embajador Mercy alejar a este joven aturdido antes de que haya conquistado más que la simple simpatía de la reina. Por su parte, el conde de Adhémar canta lindamente, acompañándose al arpa, y representa bien comedias; esto es suficiente para proporcionarle el cargo de embajador en Bruselas y después en Londres. Mas los otros prefieren permanecer a11í y pescar, en aguas artificiosamente revueltas, los cargos más productivos de la corte. Ninguno de estos caballeros, a excepción del príncipe de Ligne, tiene realmente una categoría espiritual; ninguno, la ambición de utilizar elevadamente, en sentido político, la influencia que les brinda la amistad de la reina: ninguno de estos héroes de las mascaradas de Trianón ha llegado a ser realmente un héroe de la Historia. Por ninguno de ellos, verdaderamente, en lo profundo, siente estimación María Antonieta. A varios les ha permitido la joven coqueta más familiaridades de lo que hubiera sido conveniente en la posición de una reina, pero a ninguno de ellos, y esto es lo decisivo, se le ha entregado por completo ni física ni espiritualmente.
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