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María Antonieta (Stefan Zweig) - pág.5

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Con espanto. en medio de sus tormentos, reconoce. por fin, la transformación operada en su ser esta castigada mujer que jamás se había interrogado a sí misma acerca de su propia alma; precisamente entonces, cuando termina el poder exterior. comprende que algo nuevo y grande se inicia dentro de ella, cosa que no hubiera sido posible sin aquella prueba. «Es en la desgracia donde más se siente lo que uno es»: estas palabras, medio orgullosas y medio conmovidas, brotan de repente de su asombrosa boca; le sobreviene el presentimiento de que, justamente por estos dolores, su vida, pobre y corriente, sobrevivirá como ejemplo para la posteridad. Y gracias a esta conciencia de un deber superior que realiza, su carácter crece más allá de sí mismo. Poco antes de que se rompa su forma mortal está acabada la imperecedera obra de arte; pues en sus últimas, en sus postreras horas de vida, alcanzó por fin María Antonieta, criatura humana media, su magnitud trágica, llegando a ser tan grande como su destino.
CASAN A UNA NIÑA
Durante siglos, Habsburgos y Borbones han peleado por el predominio en Europa, en docenas de campos de batalla, alemanes, italianos, flamencos; por fin, unos y otros están cansados. En el último momento, los antiguos rivales reconocen que sus insa ciables celos sólo han servido para abrir camino a otras casas reinantes; ya, desde la isla inglesa, un pueblo de herejes tiende la mano hacia el imperio del mundo; ya la protestante Marca de Brandeburgo crece hasta llegar a ser un reino poderoso; ya la semipagana Rusia se prepara para extender hasta lo ilimitado la esfera de su acción; ¿no hubiera sido mejor, comienzan a preguntarse entonces soberanos y diplomáticos -demasiado tarde, como siempre-, mantenerse en paz unos con otros, en lugar de renovar una y otra vez el fatídico juego de la guerra, fa voreciendo a descreídos advenedizos? Choiseul, en la corte de Luis XV; Kaunitz, como consejero de María Teresa, forjan una alianza, y, a fin de que se acredite como duradera y no pura mente como un respiro entre dos guerras, proponen que ambas dinastías, la de los Habsburgos y la de los Borbones, se enlacen por la sangre. La Casa de Habsburgo no careció jamás de princesas casaderas; también esta vez tenía dispuesta una rica colec ción de todas las edades. Primeramente, los ministros pensaron en casar con una princesa de Habsburgo a Luis XV, a pesar de su situación de abuelo y sus costumbres más que dudosas; pero el rey cristianísimo huía prestamente del lecho de la Pompadour al de otra favorita, la Du Barry. Tampoco el emperador José, viudo por segunda vez, mostraba ninguna inclinación a dejarse aparear con una de las tres resequidas hijas de Luis XV.


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