Magallanes (Stefan Zweig) - pág.51
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No vieron más que esto: la entrada de un estrecho, que les pareció ser -pero sin más seguridad- el tan buscado canal de comunicación con el océano Pacífico. Mas el paso auténtico -y eso lo sabemos desde Magallanes- cae cerca del grado cincuenta y dos de latitud. ¿Qué es, pues, lo que pudieron ver aquellos marinos anónimos en la proximidad del grado cuarenta? En este punto tenemos una fundada sospecha. Sólo quien haya visto por primera vez las moles inmensas de agua, la ancha llanura líquida con que el río de la Plata desemboca en el mar, podrá comprender que no fue equivocación circunstancial, sino necesaria, el tomar por una bahía, por un mar, esta aparatosa desembocadura de un río. Nada tan comprensible como que aquellos navegantes, que nunca habían visto en Europa un río de tan gigantes dimensiones, cantaran victoria a la vista de la anchura interminable,
creyendo, en su precipitación, que aquél tenía que ser el tan buscado estrecho, el paso que unía un océano con otro. Que aquellos pilotos a que se refiere la Newen Zeytung confundieron la magna corriente con un estrecho lo atestiguaron plenamente los mapas trazados al dictado de su acción. Porque si los tales pilotos anónimos, aparte la corriente del Plata, hubieran hallado más hacia el Sur el verdadero estrecho de Magallanes, el auténtico "paso", se vería ma rcado también en sus portulanos, así como en el globo de Schöner, el de la Plata, ese gigante entre las corrientes de la tierra. Pero he aquí que lo mismo Schöner que los otros mapas que conocemos no señalan la corriente del Plata, sino que señalan en su lugar el «paso» el estrecho mítico, precisamente en el mismo grado de latitud. Con esto queda plenamente dilucidada la cuestión. Aquellos fiadores de la Newen Zeyttcng se engañaron en medio de su probidad, victimas de una confusión ajena muy explicable; y con igual probidad procedía Magallanes al afirmar que tenía noticia auténtica de la existencia de un "paso". Cayó en error a través del error de otros cuando, al proyectar su magno plan de la vuelta al mundo, echó mano de aquellos mapas e informes. El secreto de Magallanes fue, en definitiva, un error honradamente aceptado.
¡Pero no maldigamos del error! Hasta de un error, si el genio lo toca y un buen azar lo conduce, puede salir una elevada verdad. Cuéntase por cientos y por miles los inventos trascendentales, en todos los terrenos del conocimiento, que han sido promovidos en medio de falsas hipótesis.
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