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La lucha con el demonio (Stefan Zweig) - pág.151

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Algunas veces, veloz como un rayo, pasa cerca de él un rayo de dicha: la música. Una Carmen en un teatrucho de Niza, un par de sinfonías en un concierto, una hora de piano; pero también tal felicidad es forzada y le hace llorar conmovido; su falta de dicha le ha acostumbrado tanto a la amargura, que la felicidad ya no es para él más que un tormento.
Quince años largos recorre Nietzsche esa catacumba que va de cuarto de alquiler a otro cuarto de alquiler; siempre ignorado, pasa por ciudades oscuras, por habitaciones más oscuras, por pensiones miserables, por fétidos coches de ferrocarril, por habitaciones de enfermos, mientras en la superficie de la época hierve la ruidosa feria del arte y de la ciencia. Únicamente el caso Dostoiewski, contemporáneo, idénticamente oscuro y amargo, tiene la misma luz gris; espectral. En ambos la obra titánica esconde la mezquina figura de Lázaro, que todos los días muere de miseria y dolor, y que cada día vuelve a hallar el milagro volitivo y salvador, que le rapta al abismo.
Durante quince años, Federico Nietzsche sale y vuelve al sepulcro de su cuarto, pasa de muerte en muerte, de sufrimiento en sufrimiento, de resurrección en resurrección, hasta que un día todas las fuerzas cerebrales explotan y le destrozan.
Hombres desconocidos levantan en una calle a este otro desconocido; desconocidos, extranjeros, le llevan a un cuarto extranjero en la calle Carlo Alberto de Turín. Nadie asiste a su muerte intelectual: su fin está circundado solamente de tinieblas y de soledad.
Solo y desconocido, en la oscuridad de su propia noche se hunde el espíritu más lúcido del genio...
LA DEFENSA DE LA ENFERMEDAD
Lo que no me hace morir, me vuelve más fuerte.
Los gritos de sufrimiento de su cuerpo martirizado son innumerables. Es todo un cuadro clínico, con centenares de notas, y al final esta frase terrible: "En cualquier edad de mi existencia, el exceso de dolor ha sido algo monstruoso en mí".
En efecto, en ese cuadro no falta ningún tormento demoníaco: dolores de cabeza, brutales, continuos, que tienen a ese pobre ser tirado días enteros en un sofá o en una cama; espasmos de estómago con vómitos hemorrágicos, migrañas, fiebres, agotamientos, depresiones, inapetencias, hemorroides, atonías intestinales, escalofríos, sudores nocturnos, un terrible círculo. Además los ojos casi ciegos, que al menor esfuerzo se hinchan y lagrimean y que no le permiten gozar la luz del día más que un par de horas a lo sumo; pero Nietzsche odia el cuidado del cuerpo y trabaja diez horas por día.


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