La lucha con el demonio (Stefan Zweig) - pág.17
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Pero el idilio concluye precozmente: a la edad de catorce años, este niño todo sensibilidad llega a ser alumno de la escuela del monasterio de Denkendorf; luego pasa al convento de Maulbronn y a los dieciocho años entra en el Seminario de Tubinga, para salir de él recién hacia fines de 1792. Su naturaleza libérrima se encierra por más de una década entre paredes, en el estrecho espacio de un claustro, en medio de una comunidad que lo oprime. Demasiado fuerte resulta el contraste, para que no deje llagas dolorosas y hasta desastrosas. Ha pasado improvisadamente de sus libres ensueños que paseara por los campos o por las orillas del río, al encierro; de la ternura femenina y maternal ha pasado a la dureza del régimen monástico; se siente aplastado por el hábito negro, y 1a disciplina conventual lo encadena a un sistema de trabajo regulado como una máquina.
Esos años de claustro son para Hölderlin lo que para Kleist fueron los años de cadete: la represión de la sensibilidad, causa de la más violenta excitación de su paroxismo nervioso y de una fuerte aversión por el mundo de la realidad. En su íntimo, algo se hundió en pedazos para siempre. Diez años más tarde escribe aún: "Te diré que de mis años de niño, de mi corazón de aquel tiempo, guardo todavía entre lo que más quiero, una ternura de blanda cera y justamente esa parte de mi corazón fue la que más sufrió durante todo mi aislamiento en el monasterio". Cuando se cerraron tras él las severas puertas del Seminario, su impulso más íntimo y noble, su misma fe en la vida, han enfermado precozmente y está casi agostado antes de que el poeta se sumerja en el sol esplendoroso de su primer día de libertad. Alrededor de su pálida frente de niño aletea ya, apenas como soplo ligerísimo, la vaga melancolía del hombre que se extraviara por el mundo y que con el correr de los años se hará cada vez mas hon-da, envolviendo su alma, cada vez más sombría, hasta ocultar a sus ojos cualquier motivo de alegría.
Y en ese instante, en su infancia crepuscular, en los años decisivos de su formación, se inicia en Hölderlin ese incurable desgarramiento interior, esa rotunda separación entre el mundo de la realidad y el mundo de su intimidad. Esa herida no cicatrizó jamás; le quedará siempre la impresión de ser como un niño alejado de su hogar; experimentará siempre la nostalgia de su patria feliz, perdida demasiado pronto, y que a veces se le figura como una Fata Morgana.
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