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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.50

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No soy nada más que un anciano a quien Dios sólo ha dejado exigua fuerza. Sólo vine a ver y a aconsejaros. Mas no esperéis milagro alguno de mí.
Dóciles hicieron según era su voluntad y sentóse entre ellos, el único paciente en medio de la impaciencia de los demás. Sólo entonces levantóse el jefe de la comunidad para saludarlo:
-¡La paz sea contigo; bendita tu llegada, bendita tu salida! Nuestras almas se regocijan de verte.
Todos callaron solemnemente. Luego prosiguió el superior con queda voz:
-Recibimos las cartas de tus hermanos de Roma. que nos anunciaron tu llegada, e hicimos todo lo que estaba en nuestro poder. Hemos recolectado dinero de casa en casa y de lugar en lugar a fin de que se consiga rescatar la Menorah. Preparamos un regalo para disponer los sentidos del emperador a la clemencia. Dispusimos lo más precioso que poseemos, una piedra del templo de Salomón que nuestros antepasados salvaron después de la destrucción del templo, y queremos ofrecerla al emperador como regalo. Pues todo su pensamiento está puesto en esta hora en el propósito de erigir una casa de Dios mas magnífica que todas las que había. Para ella reúne lo más hermoso y sagrado de todos los países y ciudades. Todo eso lo hicimos de buen grado y contentos. Pero nos espantamos al oír lo que de nosotros esperaban nuestros hermanos de Roma; que te consiguiéramos paso a la presencia del emperador para que de él solicites el candelabro sagrado. Nos asustamos grandemente, pues aquel que es dueño de este país, Justiniano, no nos quiere bien.
Es intolerante con todos los que no confiesan exactamente su fe ya sean cristianos de otro pensar
o herejes o judíos, y quizás ya no sea de larga duración nuestra permanencia en este país, quizás nos expulse muy pronto. Jamás admitió a uno de los nuestros en su presencia, y con el corazón avergonzado llegué a esta casa y a esta hora para tener que decirte que es un imposible lo que piden los hermanos de Roma. Un judío no puede presentarse a la faz del emperador.
El superior se llamó a un grande y temeroso silencio. Todos bajaron confusos la cabeza. ¿Dónde quedaba el milagro? ¿Cómo iba a producirse un cambio cuando el emperador negaba su oído y sus sentidos al enviado por Dios? Pero con voz más clara prosiguió entonces el mayor:


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