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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.49

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Y ahora esperaban todos juntos en el oratorio de Pera, un turbulento y ardiente enjambre de hombres que hablaban, se excitaban, vaticinaban y preguntaban. Por fin llegó exhausto el niño que habían enviado impacientes, agitando desde lejos ya un lienzo sobre la cabeza en señal de que Benjamín Marnefesh, el ansiado huésped, había desembarcado de un bote procedente de Bizancio. Los que todavía estaban sentados, se levantaron rápidamente, los que en ese momento habían estado gritando y disputando, se quedaron mudos y a uno de ellos, viejísimo, le abandonaron las fuerzas; cayóse desmayado en el tumulto de los sentidos conmovidos. Pero ninguno, ni siquiera el superior, se atrevió a ir al encuentro del esperado. Permanecían aguardando con la respiración retenida, y cuando Benjamín, conducido por Joaquín, se acercó a la casa, parecía, por su barba alba y la potencia de su mirada oscuramente brillante, a Samuel conducido por el niño, la figura de un patriarca; el verdadero señor y maestro del milagro. Estalló entonces incontenible el entusiasmo refrenado:
¡Bendita sea tu llegada! ¡Bendito tu nombre!- le gritaron jubilosamente. Rodeáronle precipitados. Besaron su vestimenta y las lágrimas rodaron sobre sus mejillas apergaminadas, se empujaron y apretaron para tocar, cada uno, devotamente el santo brazo, que el candelabro del Señor había destrozado, y el superior hubo de colocarse como protector delante del anciano, ya que de lo contrario le hubiera aplastado el exceso de los hombres embriagados.
La fogosidad de su fervor piadoso asustó grandemente a Benjamín. ¿Qué querían, qué esperaban de él? Fue presa repentinamente del temor ante la carga de la inmensa esperanza que depositaron en él. Defendióse suave y perentoriamente.
-¡No me miréis así, y no me envanezcáis, a fin de que no me envanezca yo mismo! ¡No esperéis milagro alguno de mí! ¡Conformáos con esperar pacientemente! Pues es pecado exigir un milagro como una seguridad.
Todos dejaron caer la cabeza, sorprendidos de que Benjamín hubiera adivinado su pensamiento más oculto. Y avergonzados de su arrebatada impaciencia, apartáronse silenciosos, de manera que el superior pudo conducir a Benjamín hasta el lugar que le estaba preparado, un asiento cuidadosamente acomodado con almohadones y visiblemente elevado sobre los demás. Pero de nuevo rehusó Benjamín:
-No, no me enaltezcáis. No quiero sentarme en lugar especial elevado sobre vosotros. Pues no soy más que todos vosotros, y quizás, incluso, soy uno de los más insignificantes en medio de vosotros.


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