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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.48

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Sorprendida, miraba en los pueblos y ciudades la gente extraña a los judíos, pues habían cambiado de la noche a la mañana. Mientras antes se arrastraban tímidos y encorvados, siempre aguardando un insulto o un golpe caminaban ahora alegres y como extasiados. Avaros que siempre volvían y escatimaban cada grupo, compraron ricas indumentarias, hombres que tartamudeaban levantáronse y predicaron elocuentemente la promesa, mujeres embarazadas tenían visiones y se arrastraban hasta el mercado para comunicarlas cuanto antes a las demás, y los niños llevaban banderas policromas y coronas. Los más fervientes, aprontáronse para el viaje y hasta vendían precipitados sus bienes para tener de ante-mano dispuestos mulas y carruajes de modo que no perdiesen ni un día en sus preparativos cuando resonase el llamado al retorno. ¿Pues no debían viajar cuando el candelabro viajaba por el mundo, y no estaba ya en camino el mensajero que, como niño, había acompañado el sagrado objeto? ¿Cuándo se había producido en sus días un signo, un milagro como ese?
Cada comunidad a la que el mensaje había llegado con tiempo, elegía a un hombre de su medio como delegado a fin de que asistiese con los demás a la llegada del candelabro a Bizancio y participase de las deliberaciones. Y todos los que fueron enviados se estremecieron de dicha y bendijeron el nombre de Dios. Parecíales maravilloso, en su pequeña existencia oscura, que de ordinario transcurría en peligro y necesidad diaria, que ellos, pequeños mercaderes y obreros, pudiesen participar de tan milagroso suceso y ver al hombre que Dios había guar-dado, visiblemente, para el acto liberador. Compraron o pidieron prestados ricos atavíos, como si fuesen invitados a una fiesta, ayunaron, se bañaban y oraban a diario antes de partir, para recibir el mensaje, limpios de cuerpo y alma, y al iniciar el viaje, les acompañaba la comunidad del pueblo o de la ciudad de cada uno en todo el primer día de su caminata. En todos los lugares que atravesaban hasta llegar a Bizancio, ofrecíanles los piadosos albergues y recolectaban dinero para el rescate del candelabro. Orgullos y misteriosos como embajadores de un poderoso rey, marchaban esos pequeños mensajeros de un pueblo pobre y débil hacia Bizancio, y cuando se encontraban en la ruta y la proseguían en común, discutían excitadamente lo que sucedería, y cuanto más hablaban tanto más se agitaban. Y cuanto más se conmovían mutuamente, tanta más seguridad adquirían todos ellos de que llegarían a ser testigos de un milagro y del -desde tanto tiempo anunciado- cambio de suerte de su pueblo.


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