El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.47
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Pues, ¿qué significaba el que lo sagrado vuelva a viajar? ¿Presagiaba ello esperanza o pena? ¿Comenzaba una nueva persecución o era ese su término? ¿Serían ellos otra vez, dentro de poco, los expulsados y peregrinos sin meta de las carreteras, otra y otra vez los sin descanso, ahora que el candelabro viajaba sin tregua? ¿O significaba la liberación del candelabro también la suya propia, partida y regreso, el término, finalmente, de la desdichada peregrinación? Ardían las almas de todos en impaciencia. Corrían mensajeros de lugar a lugar para saber más del viaje y destino del candelabro, y era grande su terror, cuando al final supieron que el objeto sagrado sería llevado en público triunfo, como otrora en Roma, ante el emperador Justiniano.
Ya esa noticia atormentó poderosamente las al-mas Pero la agitación llegó a la embriaguez cuando los mensajeros de Roma comunicaron que se hallaba camino de Bizancio Benjamín Marnefesh, el amargamente probado, quien de niño había visto, como último, el candelabro en oportunidad del saqueo vándalo. Fueron presa primero de asombro. Pues, desde años y años, conocían todos los judíos, por muy dispersos que se hallaran en la lejanía, la maravillosa acción de aquel niño de siete años que durante el saqueo vandálico pretendía arrancar el candelabro a los piratas y al que se le había destrozado el brazo al caerse. Las madres hablaban a sus hijos de Benjamín Marnefesh y del castigo de Dios, y de él hablaban los sabios a sus alumnos. Su acción se había convertido ya en leyenda piadosa como las de la Escritura, que se leía e interpretaba. De noche se la contaba en las casas judías. como una de las historias viejas, como los actos claros y obscuros de Ruth y Simson, y de Amán y Esther, de las madres y antepasados del pueblo, y ahora llegó de pronto la noticia increíble, maravillosa: aun vivía el niño de aquel entonces. Y más aún, ese niño, he-cho un anciano ahora, venía por tierras y mares. Estaba en camino Benjamín Marnefesh, ultimo testigo, para ver una vez más el candelabro. ¡Esa debía ser una señal! Dios no podía haber conservado y guardado por nada a ese hombre más allá de la medida común del tiempo terrenal. Quizás era el llamado a conducir el regreso al sagrario y a ellos mismos simultáneamente. Y cuanto más se hablaban unos a otros, tanto menos dudaban: la fe en el redentor, en el salvador que eternamente germinaba y brotaba en la sangre de ese pueblo expulsado al primer soplo cálido de cada esperanza, encumbróse poderosa y fecundó sus corazones.
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