El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.46
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Anduvo luego a tientas y torpemente por la ciudad, tomado como un ciego de la mano de su asistente. Seguía viendo siempre con los ojos del alma el candelabro, e impaciente instó a Joaquín que le llevase a toda prisa hasta la comunidad de los judíos. Hizo, de pronto, presa de él un temor de que, ahora que se tocaban el comienzo y el fin, su vida pudiera apagarse antes de tiempo y él dejar escapar otra vez la salvación del candelabro.
En el oratorio de Pera esperaba en tanto la comunidad, desde horas y horas, al ilustre huésped. Así como en Roma se concedía a los judíos permanecer en la ribera opuesta del Tíber, tolerábase a los judíos de Bizancio nada más que en Pera, en la costa opuesta del Cuerno de Oro; allá como en todas partes, era el apartamiento su destino, pero también el secreto de su supervivencia en el tiempo.
Lleno y repleto, sofocaba el estrecho espacio del oratorio. Pues no sólo los judíos de Bizancio estaban reunidos en espera; desde cerca y lejos, de Nicea y Trabissonda, de Odesa y Esmirna, habían llegado delegados de todas, las comunidades judías para participar del consejo y evento. Hacia tiempo ya que la noticia de que Belisario había asaltado la bastilla de los vándalos y recapturado con los demás tesoros también al candelabro eterno, se difundía por todas las costas del mar hasta las comunidades; no quedaba judío en el imperio de Bizancio que no hubiese recibido exaltado la noticia. Pues, aun esparcido como paja sobre las eras del mundo y desgarrado en muchos idiomas, percibía ese pueblo perdido todo lo que sucedía a sus símbolos sagrados, como un goce o una pena común, y todo peligro refundía fraternalmente sus corazones, aun cuando a menudo se olvidaban y se mostraban mutuamente endurecidos. La persecución y la injusticia forjaban incesantemente la férrea cadena que sostenía el tronco quebrantado de su unidad a fin de que no se carcoma y derrumbe; tanto más fuertes se juntaban sus almas. Esa vez también alcanzó el rumor de que la Menorah, el candelabro del pueblo, había vuelto a ser libertado del cautiverio oculto y viajaba, como en otro tiempo desde Babel hasta Roma, a través de países y mares, a cada judío como un destino propio. Uníanse en las calles y en las casas hablando agitadamente, examinaban con sus maestros y sabios detenidamente la Escritura para interpretar el sentido de esa peregrinación.
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