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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.45

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Ningún júbilo recibió esos objetos insignificantes. Pero, muy alto, en medio de la multitud, gimió un anciano mientras presionaba con su mano -era la siniestra- el brazo de su vecino, Joaquín: después de ochenta años volvió a ver el viejo lo que en otro tiempo había visto siendo niño, el candelabro sagrado de la casa de Salomón, el candelabro al que había tocado su mano infantil y que había destrozado para siempre su brazo. Bienaventurada vista; ¡era él, el mismo! ¡Invencible, dio el candelabro imperecedero un nuevo paso a través del tiempo infinito, hacia el retorno! El anciano sintió la gracia del encuentro como una tormenta interior: incapaz de retener el exceso de júbilo, gritó ardientemente:
-¡Nuestro! ¡Nuestro! ¡Nuestro por toda la eternidad!
Pero nadie, ni siquiera los más cercanos, oyeron el grito aislado. Pues la masa prorrumpió entonces en un solo alarido de goce: Belisario, el triunfador, había penetrado en la arena. Caminaba a larga distancia de los carros triunfales, de la presa inconmensurable vistiendo el sencillo uniforme de sus guerreros. Pero el pueblo conocía y reconocía a su héroe, y gritaba tan fuertemente su nombre, y sólo el suyo, que Justiniano se mordió celoso los labios cuando su general se inclinó delante suyo.
Siguió luego el silencio, pletórico e intenso como antes lo había sido el estrépito. Gelimer, el rey de los vándalos, que, irónicamente cubierto de un manto de púrpura iba detrás de su vencedor, Belisario, estaba ahora frente al emperador. Los esclavos le arrancaron el manto y el vencido se echó de bruces. Por un instante no franqueó un solo hálito los miles y miles de labios. Todo el mundo miró fríamente la mano de Basileus. ¿Concedería perdón o no? ¿Se levantaría o inclinaría el dedo? Y helo aquí, lo levantó, regalando la vida al vencido, y en un solo trueno desencadenóse el entusiasmo. Uno sólo en medio del gentío no lo había mirado, Benjamín el anciano conmovido. Miraba únicamente a la Menorah, que los portadores seguían conduciendo despacio a través de la arena. A ella sólo se dirigió su mirada, y cuando el sagrado objeto desapareció con el cortejo, hízose la oscuridad ante sus sentidos.
-¡Llévame de aquí, Joaquín!- gritó en voz baja-. El brillo del singular espectáculo atraía al mismo joven. Pero la mano del viejo se aferró convulsivamente, dura y ósea, a su brazo.
-¡Llévame! ¡Llévame de acá!


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