El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.44
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Pero eso también había quedado en el olvido, como toda vergüenza después de la victoria, y todo acto de violencia después de su triunfo.
Pero otro pueblo permanecía mudo en las terrazas superiores sobre esa multitud arrebatada que lanzaba su júbilo venal, sucio y gritón como un desagüe hacia el vencedor, un pueblo silencioso y pétreo: los cientos y cientos de estatuas de Grecia. Habían sido arrancadas de sus templos, en que sólo había paz, esas imágenes de los dioses de Palmira y Cos, de Corinto y Atenas, las habían sacado de arcos de triunfo y columnas, desnudas y relucientes en el albo eterno de su mármol. Inaccesibles a la pasión fugaz, hundidas para siempre en el sueño infinito de su belleza, estaban allí mudas e indiferentes, no reverenciaban a lo terrestre ni se movían. Miraban pétreas y altaneras sobre los juegos sangrientos ha-cia la lontananza azul del mar, que echaba espumas con olas puras contra el Bósforo.
Nuevamente resonaron, cercanas y estridentes, las cornetas para anunciar que el cortejo triunfal del estratego había llegado al pórtico exterior del hipódromo. Abriéronse las puertas, y otra vez creció el zumbido ya atemperado de la multitud hasta el atronar jubiloso. Ahí estaban las cohortes férreas de Belisario que habían establecido el imperio, vencido a todos los enemigos, y les brindaron ahora el goce de juegos descuidados. El júbilo se levantó más alto y estridente aún cuando, detrás de los vencedores, fue acarreado el botín, los tesoros de Cartago, la abundancia sin fin. Primero pasaron altaneros los carros triunfadores que otrora habían capturado los vándalos, luego desfilaron sobre altos andamios tronos adornados con joyas, los altares de dioses desconocidos, relucieron estatuas creadas por maestros anónimos en el nombre de la belleza, y luego, cargadas hasta el borde, arcas repletas de oro y cálices y vasijas y vestidos de seda; todo lo que el pueblo pirata había robado en todos los confines de la tierra, volvió entonces y pertenecía al emperador, al imperio, y el pueblo prorrumpía en júbilo ante cada nueva magnificencia y soñaba en crédula embriaguez que todo el esplendor, toda la riqueza del mundo se vertía ahora y para los tiempos de los tiempos sobre ellos.
La multitud no paró mientes en que los portadores traían ahora, en medio de tan deslumbrantes tesoros, unos objetos que, comparados con la magnificencia escogida, parecían ruines: una mesa cubierta de planchas de oro, dos tubos de plata y un candelabro de siete brazos.
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