Juegos tradicionales, entretenimientos e información

    Home | Juegos Online | Biblioteca | Libros Clásicos | Crucigramas | Ingenio | Enciclopedia | Diccionario | E-Commerce | Chat

  Secciones > Libros Clásicos > El candelabro enterrado (Stefan Zweig)

El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.43

Indice General | Volver

Página 43 de 86



Pero aun azotada por la tempestad, y por dos veces rechazada en el viaje, venció la nave las dificultades y fondeó felizmente en Bizancio, tres días después de haber llegado Belisario con el botín de África.
Bizancio, centro del imperio y dueña del mundo desde que la corona cayera de la testa de Roma, era aquella mañana, un enjambre de gente, pues desde hacía años no se había prometido a esa ciudad, que amaba las fiestas y juegos más que a Dios y la justicia, más hermoso espectáculo que entonces: Belisario, el vencedor de los vándalos, debía llevar, en el circo, su ejército victorioso y todo el botín al encuentro del Basileus, el señor del mundo. Multitudes incalculables se estrujaban en las calles embanderadas, una sola masa llenaba, negra, el ovalado espacio enorme del hipódromo, y la espera apretujada retumbaba y gemía como un mar agitado, hosco e impaciente. Pues seguía completamente vacía aún la tribuna imperial, la catisma, que cubierta de columnas y cargada de adornos, cerraba con una recta el enorme óvalo. Todavía el Basileus no había llegado hasta su pueblo atravesando el paso subterráneo que unía ese espacio festivo con el palacio imperial.
Finalmente anunciaron toques estridentes el momento solemne. Primero se alinearon los guardias imperiales formando, con sus uniformes rojos y sus espadas relucientes, un murallón brillante; luego llegaron numerosos, en sus vestimentas de seda los dignatarios, sacerdotes y eunucos, y por último hicieron su entrada bajo palio y llevados en dos sillas de mano, Justiniano, el Basileus, el autócrata, la corona de oro combada sobre la cabeza como una aureola. y Teodora en el resplandor de sus joyas. Cuando se adelantaron en su sitial imperial estalló de golpe de todas las gradas un huracán de júbilo alborotado. Ya nadie recordaba que en ese mismo lugar sólo unos pocos años atrás la misma multitud se había abalanzado sobre la misma tribuna ocupada por el mismo emperador y que, por castigo, se degollaron a treinta mil personas en ese sitio; siempre borra el triunfo toda culpa para la masa eternamente olvidadiza. Embriagados por el fausto y al mismo tiempo por el celo del propio entusiasmo, gritaban y rugían y se enardecían y aplaudían esos miles de bocas en centenares de idiomas hasta hacer temblar, retumbantes, las murallas de piedra: era toda una ciudad, un mundo entero que vibraba ha-cia el hijo de campesinos de Macedonia y la graciosa mujer, que otrora -los viejos aún lo recordaban- había exhibido en ese mismo lugar su cuerpo como bailarina y que, de noche, lo vendía a cualquiera.


< Anterior  |  Siguiente >

<<< 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 >>>

Páginas  1-50   51-86  
Menú
Home
Biblioteca
Juegos Online
Juegos Flash
Crucigramas
Libros Clásicos
Sopas de Letras
Ingenio
Shop
Chat

En esta sección

Juegos, Cursos y
Enciclopedias gratis

Cursos Gratis
Biografías


Diccionario : A - B - C - D - E - F - G - H - I - J - K - L - M - N - Ñ - O - P - Q - R - S - T - U - V - W - X - Y - Z


Home | Biblioteca | Juegos | Crucigramas
  Acanomas.com : El mundo de los Juegos Acerca de Acanomas.com  

Contáctenos | Cómo publicitar | Términos y condiciones
Copyright ©1999-2008 Acanomas Networks. Todos los derechos reservados