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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.42

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Y cuando llegó al lugar en que, aquel amanecer, los ancianos pronunciaron al borde de la carretera, la oración, sacó, como aquéllos lo habían hecho, la chamarreta de ritual y la correa para decir, mirando hacia el Este, la misma plegaria que los padres y antepasados ya habían rezado a la mañana, y que, conservada en la sangre y transmitiéndose en obscuro fluido de generación en generación, orarían también sus hijos y nietos y la más lejana descendencia de éstos.
Detrás suyo, los demás, se sorprendieron tímidamente, pues no comprendieron su extraño proceder. Como la época del año era más próxima al otoño que en oportunidad de aquella otra caminata, no observábase en el cielo resplandor alguno del amanecer y era lejana aún la hora del día: ¿Cómo podría un creyente pronunciar la oración matutina antes de que despertara la mañana? Era eso contrario a toda costumbre y un insulto a la tradición y a la Escritura Pero, no obstante, permanecieron respetuo-samente agrupados alrededor del que oraba. Pues lo que ha-cía el ungido, no podía ser un agravio. Sentían todos que le era permitido todo, y aunque diera a Dios la gracia por la luz antes de que la luz se hiciera.
Terminada la oración, el anciano dobló la manta y prosiguió, vigoroso, la marcha como si las palabras devotas le hubiesen reconfortado. Cuando por fin llegaron al puerto, miró largo rato fijamente el mar: revivió en su alma el niño, el niño de tanto tiempo atrás que en aquella oportunidad había visto por vez primera el oleaje y la lejanía. Era el mismo mar de hacía ochenta años; profundo e inexplorable como los pensamientos de Dios, pensó piadoso. Como en aquel entonces se iluminó su ojo en la claridad del cielo. Bendijo a todos los compañeros que lo habían escoltado. al despedirse de ellos para siempre, luego subió con Joaquín a la embarcación. Y como otrora los abuelos y antepasados, así miraron ahora los hombres conmovidos desde el muelle cómo se movía el galeón y cómo se alejaba con velas hinchadas de la ribera. Sabían que habían visto por última vez al amargamente probado, y cuando la vela desapareció en lontananza, sintiéronse pobres y despojados.
Fuerte e incesante, adelantó la nave por las aguas. Las olas se encresparon con furia y del Oeste venían rodando oscuras nubes. Los timoneles miraban preocupados si no se acercaba un temporal, y con éste, peligro mortal.


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