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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.41

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Avisaron a los hermanos de Bizancio y Galata que anticipadamente allanasen a Benjamín Marnefesh, el amargamente probado, como el elegido, el camino hacia el grandioso evento. Al mismo tiempo preparaban las mujeres mantos, almohadas y alimentos para el viaje, a fin de que los labios del piadoso no tuvieran que tocar nada impuro en el barco. Y a pesar de que les era prohibido a los judíos de Roma ir en coche o a caballo, mandaron secretamente esperar un carruaje fuera de las puertas de la ciudad para que el anciano no comenzase su viaje fatigado ya.
Pero se extrañaron mucho cuando Benjamín se negó a subir al carruaje. Insistió obstinadamente que deseaba hacer a pie el camino a Portus, tal como en aquella noche lo había cubierto, más de ochenta años atrás, un niño débil. Creyeron imposible y demasiado atrevido el propósito de que el anciano, por lo común tan decrépito, pudiera llegar caminando hasta el mar. Pero se sorprendieron al verlo, pues estaba transformado desde que había llegado aquel mensaje. Parecía que de la noche a la mañana hubiese retornado el vigor a sus miembros y corrido nuevo calor por su sangre entrada en años. Su voz, de ordinario apagada y debilitada, sonaba altiva y fuerte cuando rechazó, furioso casi, sus cuitas; y respetuosos le obedecieron.
Durante toda la noche escoltaron los varones judíos de Roma a Benjamín Marnefesh, el elegido de su comunidad, en el mismo camino que otrora habían cubierto sus abuelos para acompañar el candelabro del Señor. Llevaban, sin embargo, oculta, una parihuela, para conducir al anciano en el caso de que le abandonasen las fuerzas antes de tiempo. Pero el viejo caminaba vigoroso al frente de todos. No hablaba con nadie, y su pensamiento estaba íntegramente dedicado al tiempo ido. En cada piedra y en cada recodo del camino, que no había vuelto a recorrer desde aquella noche recordaba más y más claramente la poderosa hora de su infancia. Tenía pre-sente todo lo que le había sucedido en aquel entonces, oía la voz de los muertos en la suave brisa, despertóse cada palabra que unos y otros habían pronunciado. Aquí, a la derecha, había llameado la columna de fuego de la casa incendiada, allí estaba la piedra miliar junto a la que vacilaban los corazones apagados cuando los jinetes numídicos galoparon hacia ellos. Recordó cada pregunta que había formulado y cada respuesta que le fue dada.


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