El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.40
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-Siempre se es fuerte, cuando se trata de lo sagrado. Aquella vez también lo fui. Cuando me llevaron, un niñito, creían que el camino era demasiado cansador y, sin embargo, lo cubrí hasta el final. Sólo hará falta, pues mi brazo esta deshecho, que me acompañe un hombre vigoroso, y además joven, para que sea testigo ante una generación venidera, como lo fui yo ante la vuestra.
Pasó la vista buscando en torno suyo, miró a uno tras otro de los hombres lozanos como si quisiera examinarlos Cada cual temblaba bajo esa mirada palpitante, y sentía su punto hasta en el enmudecido corazón. Todos anhelaban ser elegidos para la misión, y todos eran demasiado cohibidos para presentarse. Todos esperaban con el alma conmovida. Pero el anciano inclinó inseguro la cabeza, y murmuró únicamente:
-No, no quiero decidir. No sea mía la elección. Echad la suerte. Que Dios me elija al que debe ser.
Los hombres se juntaron, arrancaron tallos de la hierba que crecía entre los sepulcros, los rompieron en trozos más largos y más cortos y se los repartieron La suerte se decidió por Joaquín ben Gamaliel, un joven de veinte años, alto y fuerte, herrero de profesión, mas al que no querían. Pues ignoraba la Escritura y era el suyo un modo de ser impaciente. Sus manos estaban manchadas de sangre; había muerto a un sirio de Esmirna en una pelea, y huido a Roma antes de que los alguaciles lo prendieran. Todos se extrañaban incomodados para sus adentros, de que la suerte hubiese tocado precisamente a ese terco y feroz y no a un hombre respetuoso y beato. Pero al adelantarse Joaquín, como el elegido, el anciano apenas alzó la vista y le ordenó:
-Prepara todo. Mañana a la tarde partiremos.
La comunidad romana pasó todo el día siguiente a ese nueve de Ab, en excitada actividad. Ninguno de los judíos se cuidaba de su propio negocio, todos traían y recolectaban dinero, y los que eran pobres, tomaron prestado contra prenda, y las mujeres die-ron sus presillas y piedras. Pues se acrecentaba en ellos la seguridad de que Benjamín estaba predestinado a rescatar la Menorah del nuevo cautiverio y a decidir al emperador a repatriar al pueblo con sus objetos sagrados, como otrora lo había hecho Ciro.
Día y noche escribieron cartas a todas las comunidades del Este, a Esmirna, Creta y Salónica, a Tar-sos, Nicea y Trebisonda, para que enviaran mensajeros a Bizancio y aprontasen dinero a fin de que se realizase el sacro acto de la liberación.
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