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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.38

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-La comunidad con que he vivido, no existe más; he huido en un barco de Cartago. Algo grande ha sucedido. Justiniano el emperador, ha enviado desde Bizancio un ejército contra los vándalos y, Belisario, su general, ha tomado Cartago, la bastilla de los piratas. El rey de los vándalos está preso y su imperio aniquilado. Todo lo que los bandidos han robado durante años y años, Belisario lo capturó y lo llevó a Bizancio. La guerra ha terminado.
Los judíos lo miraron indiferentes y mudos, sin levantarse. ¡Qué les significaba Bizancio y Cartago! Edom era todo eso y Amelec, el eterno enemigo. Esos pueblos impíos estaban continuamente en guerra sin sentido, unas veces ganaban éstos y otras veces aquéllos y jamás la justicia. ¿Qué tenían ellos que ver con todo eso? ¿Qué era Cartago, Bizancio o Roma para su corazón, que sólo se preocupaba por una ciudad Jerusalén?
Únicamente Benjamín Marnefesh, el amargamente probado, alzó entonces la vista:
¿Y el candelabro?
-Está a salvo. Belisario lo tomó como botín. Y he sabido que lo lleva junto con los demás tesoros a Bizancio.
Sólo entonces se estremecieron los otros. Sólo entonces comprendieron la pregunta de Benjamín; una vez más debía viajar el candelabro a tierra extraña. La noticia cayó como tea encendida sobre la estructura sombría de su duelo. Levantáronse rápidamente del suelo, saltaron sobre los sepulcros, rodearon al desconocido, sollozaron y lloraron:
-¡Ay! ¡A Bizancio! ¡Nuevamente a través del mar! Otra vez a tierra extraña... De nuevo lo arrastrarían triunfantes como Tito, el maldito Siempre a otro país y nunca a Jerusalén... ¡Ay de nosotros!
Era como si se hubiera tocado una herida con acero candente. Pues recónditamente temían y se inquietaban que al trasladarse los objetos sagrados del arca, debían de exilar ellos también, otra y otra vez, en busca de una patria que no era tal. Así sucedía desde que destrozara el templo y siempre que se aniquilaba de nuevo su existencia. El dolor pasado y el presente se confundían impetuosamente. Todos gritaban, sollozaban y se quejaban, y los pajaritos que habían estado sentados pacíficamente en archiviejas piedras, se desbandaron y huyeron ante el ardiente tumulto de los hombres.
Uno solo, Benjamín, el anciano, se había quedado tranquilo sobre la piedra enmohecida, y callaba mientras los demás se confundían y lloraban. Sin que lo supiera, habíanse unido sus manos, y como soñando estaba sentado sonriendo quedamente a la lápida funeraria en que se hallaba grabada la silueta de la Menorah.


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