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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.37

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En el follaje que brillaba como oro, abanicaba aromático el viento, caía una tarde muelle como terciopelo, pero los judíos no levantaron los ojos ni los cora-zones. Impelíanse una y otra vez hacia renovada tristeza, recordando siempre de nuevo en lamento común el abatimiento de su pueblo. No comían, ni bebían, ni dirigían la mirada hacia la claridad del día: sólo leyeron unos a los otros los cánticos que se referían a la destrucción del templo y la caída de Jerusalén, y a pesar de que cada palabra de esos cantares dolorosos estaba marcada desde hacía tiempo ya con fuego hasta en la última gota de su sangre, las repetían siempre de nuevo para agudizar el dolor y sentirlo destrozar su corazón. No querían sentir sino pena en ese obscurísimo día, y por eso recordaron, amén de su propia expatriación y humillación, los sinsabores y sufrimientos de los muertos, el penoso destino de todo su pueblo, y con sus palabras renovaron y recordaron mutuamente los sufrimientos del pasado. Y como éstos en Roma, así estaban sentados, con los cabellos cubiertos de ceniza y la indumentaria destrozada, los judíos en to-das las ciudades y comunidades del mundo, juntos a las tumbas, y, desde un extremo del mundo hasta el otro hablaban y leían a la misma hora los mismos lamentos, la lamentación de Jeremías por la caída de Jerusalén que se había convertido en burla de los pueblos. Y sabían que esa pena y esa lamentación del común exilio constituía su sola unidad en la Tierra.
Mientras estaban sentados así y murmuraban y se trituraban el corazón con el dolor del recuerdo, no se daban cuenta de que el sol y los troncos de los pinos y cipreses se doraban más y más y que, como iluminados por una luz interior, empezaron a arder rojizos. No notaban que el nueve de Ab, el día de la gran tristeza, llegaba paulatinamente a su fin, y que se acercaba la hora de su última oración. En eso rechinó afuera el portón aherrumbrado del cementerio. Si bien oían que alguien entraba, no se levantaron, y también el extraño esperaba silencioso hasta que se terminara de pronunciar la postrera plegaria. Sólo entonces miró el jefe de la comunidad al recién llegado y le saludó:
-Bendito sea el que llega. La paz le acompañe, judío.
Y preguntó entonces el superior:
-¿De dónde vienes y a qué comunidad perteneces?


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