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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.36

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Todos consideraban inimaginable que pudieran apagarse esos ojos humanos que habían visto el candelabro del Señor, sin haber presenciado el retorno de la Menorah; y cuidaban su existencia como un símbolo de la voluntad divina. No había fiesta sin él, ni servicio religioso en que no se lo nombrara. Donde iba, inclinábanse devotos los ancianos ante el patriarca, cada uno pronunciaba la sentencia de la bendición a su paso, y dondequiera que se reunían, apesadumbrados o para la fiesta, siempre se le reservaba el sitio de honor en la mesa.
Así honraron los judíos de Roma a Benjamín Marnefesh, como el más viejo y digno de la comunidad aquella vez que, según ordenaba la costumbre, se reunieron en el cementerio en el día más triste del año, el 9 de Ab, el día de la destrucción del templo, aquel día de sombría recordación que había hecho de sus padres unos sin patria y los había esparcido como sal sobre los países de la tierra. No estaban sentados en la casa de oraciones, pues poco tiempo atrás la había ultrajado el populacho hostil, sino que deseaban hallarse cerca de sus muertos en ese día mortal; reuniéronse fuera de la ciudad, don-de sus padres estaban sepultados en tierra extraña, para quejarse unos a otros del propio exilio. Estaban sentados entre los sepulcros, algunos sobre lozas rotas ya; sabían que se hallaban junto a sus padres, hijos también de su tristeza, y en las losas de los antepasados leían los nombres y su elogio. En muchas piedras estaban grabados, encima de los nombres, símbolos, dos manos cruzadas como testimonio de clerecía, o el cántaro de ablución de los Levita, o un león, o una estrella de David. Una de las lozas paradas ostentaba una reproducción del candelabro de siete brazos, de la Menorah, para significar que el que allá dormía el sueño eterno había sido un sabio, un gran justo y el mismo una lumbrera en Israel. Delante de esa tumba estaba sentado Benjamín Marnefesh rodeado por otros, con cenizas esparcidas sobre la cabeza, con las vestimentas rotas como los demás que, como sauces, se doblaban e inclinaban sobre las aguas negras de su aflicción.
Era tarde, y el sol bajó ya oblicuamente entre pi-nos y cipreses. Mariposas de abigarrados colores aleteaban alrededor de los judíos como en torno a troncos en descomposición, libélulas con alas de los colores del arco iris posábanse descuidadas en sus espaldas encorvadas, y en la hierba exuberante juga-ban escarabajos alrededor de sus sandalias.


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