El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.35
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La muerte solo lo respetaba a él, y su nombre era grande y casi santo entre los judíos del mundo. Llamábanle, por su brazo destrozado, Benjamín Marnefesh, lo que quiere decir el hombre a quien Dios probó amargamente; y a nadie veneraban como a él. Pues era el último y único que con sus propios ojos había visto al candelabro de Moisés, el candelabro del templo de Salomón, la Menorah que, huérfana de luces, yacía sepultada en el tesoro de los vándalos. Cuando llegaban a Roma mercaderes procedentes de Livorno, Génova o Salerno, de Maguncia, Tréveris o los países de levante, se dirigían siempre primero a su casa para ver de cara a cara el hombre que con sus propios ojos había visto aún los objetos sagrados de Moisés y Salomón. Inclinábanse respetuosos delante del viejo como ante una imagen sagrada, y contemplaban con conmovido terror su brazo tullido y con los dedos palpaban la mano que otrora había tocado el candelabro del Señor. Y aun cuando todos sabían -pues en aquel tiempo el verbo se difundía tan activo por el mundo como hoy lo escrito- lo que Benjamín Marnefesh había sufrido en aquella noche vandálica, no deja-ban de rogarle que una y otra vez les narrase el viaje de esa noche. Y con eternamente igual paciencia contaba el anciano siempre el éxodo del candelabro, y un fulgor atravesaba la maraña de su barba cada vez que anunciaba lo que en aquel entonces le había predicho Rabbi Eliéser, el puro y claro, cuyo cuerpo se había hundido en la fosa, hacía mucho tiempo ya. Advertía a sus visitantes que no debían desanimarse, pues no había llegado a su término el viaje del símbolo sacro; el candelabro volvería a Jerusalén, y entonces terminaría su propio destierro y se volvería a reunir el pueblo en torno a su símbolo salvado. De esa suerte, todos salían reconfortados de su casa, y enlazaban su nombre en la oración, pidiendo porque permaneciera mucho tiempo junto a su pueblo el consolador, el testigo, el último que había visto los objetos sagrados.
Y Benjamín, el tan duramente probado, de niño de aquella noche lejana, llegó a los setenta años, a los ochenta y cinco, a los ochenta y siete. Poco a poco encorváronse ya sus hombros bajo el peso del tiempo, su vista perdió claridad, y a veces cansábase en medio del día. Pero ninguno de los judíos de Roma quería creer que la muerte pudiese cobrar po-der, sobre él, pues su existencia les significaba una prenda de un acontecimiento grande.
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