El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.34
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Hay quizás una bendición en ese dolor, y un llamamiento.
Luego se inclinó tiernamente sobre el niño gimiente:
-No reprimas ese dolor, sino absórbelo. Este dolor también es una herencia. Pues sólo en el dolor vive nuestro pueblo, sólo el pesar engendra su fuerza creadora. Has experimentado algo grande, pues tocaste lo sagrado y sólo se lastimó tu cuerpo, mas no tu vida. Quizás resultes elegido por este dolor y queda un sentido en tu destino.
Desde aquella noche vandálica pasaron los años inquietos en el Imperio romano, y sucedió más en el tiempo en que vive un hombre sólo de lo que antes había sucedido en siete generaciones. Otro emperador llegó al poder sobre Roma, y otro, y otro más, uno se llamó Aurilius, los que le siguieron Maioranus y Libius Severus, y Anthemius. Uno asesinaba o expulsaba al otro, de nuevo invadían pueblos germanos la ciudad y la saqueaban.
Otra vez (y eso siempre dentro del espacio de vida de una sola generación), fueron coronados nuevos emperadores, y depuestos, y por fin, los últimos de Roma, Licerius y Julius, Nepos y Rómulus Augustulus, hasta que luego se incautaban del dominio rigurosos guerreros nórdicos, Odoacro y Teodorico. Pero también este imperio gótico, del que sus reyes creían que, endurecido en la disciplina y ceñido en acero, sobreviviría generaciones, cayó y decayó en los años de esa misma generación, mientras en el Norte emigraban y se unían pueblos y, allende el mar, en Bizancio, se levantó otra Roma. Parecía que desde la noche en que la Menorah se encaminó por la Porta Portuensis, no debía haber más paz y tranquilidad en la milenaria ciudad del Tíber.
Hacía tiempo ya, que la muerte se había llevado a los once viejos que acompañaron al candelabro en aquel su último viaje, y ya estaban enterrados también sus hijos, y eran ancianos ya sus nietos. Mas seguía en vida Benjamín, el nieto de Abthalion, el testigo de aquella noche vandálica. El niño de entonces se había convertido en mozo, el mozo en hombre y el hombre en anciano. Siete de sus hijos le habían precedido en la muerte, y uno de sus nietos había perecido cuando el populacho incendió, bajo Teodorico, la sinagoga. Pero él, con su brazo destrozado, vivía aún; así como en el bosque la tempestad derriba a los árboles a diestra y siniestra y queda uno solo, el más fuerte, así sobrevivía ese an-ciano al tiempo, y vio morir a emperadores y desaparecer imperios.
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