El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.33
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Sólo veían al candelabro que ahora subía sobre los hombros del esclavo, elevados los siete cálices hacia Dios, como unos sacrificios. Ahora vieron cómo a bordo lo tomaron indiferentes manos extrañas y cómo lo tiraron junto a los demás despojos. Y ya sonó estridente un silbido, rechinando subió la cadena al ancla, y abajo, en el espacio invisible en que los esclavos de la galera estaban encadenados a sus bancos, empezaron cuarenta remos el uniforme movimiento hacia adelante, atrás, adelante, atrás. Bruscamente se movió la embarcación. Blanca espuma corrió sobre la carena, rumorosa se deslizó y ya se levantaba y se hundía su cuerpo pardo sobre las olas como si viviera y respirara, y con las velas hinchadas dirigióse la goleta desde la rada directamente a la infinita mar abierta.
Los once ancianos siguieron con la vista fija en el navío que se alejaba. Otra vez se habían tomado de las manos y temblaban, una sola cadena de terror y dolor. Todos habían esperado en secreto, sin que el uno se confiara al otro, que en último y postrer momento aún se produjera el milagro. Pero liviana y acariciada por el viento suave, resbaló la nave con las velas combadas sobre las aguas, y cuanto se achicó su silueta en la lejanía, tanto más lastimeramente se derritió la esperanza en sus corazones y se perdió en el inacabable mar de su tristeza. Ya, la nave sólo brillaba pequeña como el ala de una gaviota, y al fin -las lágrimas obscurecieron su mirada. ¡Perdida toda esperanza! Una vez más viajaba el candelabro a tierra extraña y lejana, eternamente en camino, eternamente perdido.
Sólo entonces, volviendo la vista del mar, recordaron al niño que estaba tendido, lanzando gemidos sordos, con su brazo machacado, en el lugar al que el candelabro lo había tirado al caerse. Levantaron al sangrante y lo colocaron sobre unas angarillas. Todos se avergonzaron porque ese niño había hecho ingenuamente lo que ninguno de los hombres se había atrevido a hacer, y Abthalión temía a las mujeres porque devolvía al nieto como lisiado a la madre e hija. Sólo Rabbi Eliéser, el puro y claro, los consoló:
-No os quejéis, ni os condoláis de él. Recordad la Escritura que habla del hombre a quien Dios abatió porque había tocado el arca para apoyarla, pues Dios no quiere que se toque lo sagrado con manos carnales. Pero El perdonó al niño y sólo golpeó el brazo.
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