El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.32
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Como atraído por una fuerza secreta, se arrastraron los once ancianos, sosteniéndose mutuamente, hasta la escalinata, la vista casi cegada por las lágrimas, y con palabras confusas chorreaba la baba de sus labios. Se adelantaron vacilantes. como bebidos, con la boca ávida, con ávida mirada para, al menos tocar con su devoto beso el símbolo sagrado. Uno solo, Rabbi Eliéser conservó la lucidez en su dolor. Apretó nervioso la mano del niño -y su apretón le dolió tanto al niño que éste por poco gritó.
-¡Mira! ¡Mira! Tú serás el último de los que han visto lo sagrado. Tú serás testigo de cómo lo llevaron, de cómo lo robaron.
El niño no comprendió las palabras. Pero sintió el dolor de los demás hasta en la profundidad de la sangre, y advirtió que se estaba cometiendo una injusticia. Una ira, una cólera infantil, atravesó ardiente su cuerpo. Sin saber qué hacía, se soltó el niño, del septenal, a la fuerza, y corrió detrás del negro que en ese instante pisaba la escalinata bamboleándose fatigado bajo la pesada carga. ¡No, no había de llevarse la Menorah, ese hombre extraño! Insensato asaltó el niño al fornido hombre, para. arrebatarle el robo.
El esclavo, grandemente cargado, vaciló bajo la inesperada arremetida. Fue solo un niño el que se colgó de su brazo, pero manteniéndose con dificultad en equilibrio sobre la estrecha tabla oscilante, pisó el esclavo tambaleante en el vacío, a consecuencia del repentino asalto de atrás, y se cayó arrastrando al niño. En eso se le escapó rodando el candelabro. Desplomóse con todo su peso violentamente sobre el brazo derecho del infante. Este sintió como si se le hubiera picoteado y triturado la carne y los huesos. Pegó un grito penetrante. Mas este grito se perdió en el repentino puje de los demás. Pues todos gritaron simultáneamente: los ancianos horrorizados por el crimen de que la sagrada Menorah rodara de nuevo por el fango; desde la embarcación gritaban, a su vez, furiosos, los vándalos. El guardián se acercó e hizo retroceder a los ancianos a latigazos. Entretanto ya se había levantado amargado el esclavo, apartó con el pie al niño que gemía, volvió a hombrear el candelabro y lo llevó entonces rápidamente, como un fugitivo, por la escalinata hasta a bordo.
Los once viejos no prestaron atención al niño. Ninguno vio cómo estaba tendido quejándose y retorcido, pues no miraban al suelo.
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