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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.31

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Un grito le sobrecogió. Los once ancianos se habían exclamado como por una sola boca, y en seguida corrió hacia ellos. Se acababa de quitar los trapos que cubrían el último carro, y cuando los esclavos berberiscos se inclinaron para sacar una estatua argentina de Hera -pesaba varios quintalesempujó uno de ellos con un pie el candelabro a un lado, porque le molestaba. La Menorah se golpeó y rodó duramente. Y cayó del carro a tierra. Un solo grito de espanto desgarró el pecho de los ancianos cuando vieron cómo el símbolo sagrado que viera Moisés, que bendijera Aarón, que había estado en la mesa del Señor en la casa de Salomón, rodaba míseramente en los excrementos de los tiros, profanado y manchado con lodo. Los esclavos negros levantaron curiosos la vista al oír el grito. No comprendieron por qué aquellos necios barba-blancas emitieron tan aguda voz y por qué se tomaron de los brazos los unos a los otros formando una convulsiva cade-na de dolor. Pues no se les había hecho mal alguno. Pero ya chasqueaba el látigo del guardián sobre su carne desnuda, y serviles hundieron de nuevo sus brazos en la paja del carro, sacando un desnudo de pórfido brillante, luego otra enorme estatua que, con cuerdas en la nuca y en los pies, subieron sobre la escalinata de a bordo como a un animal carneado. El fondo del carro se vació cada vez más rápidamente. Sólo quedaba tendido, descuidado debajo del carro, medio cubierto por una rueda, el candela-bro, el imperecedero. Y los ancianos, que se agarraban mutuamente, vibraban en una esperanza común: ¡Ojalá los ladrones olvidasen en su precipitación el candelabro! ¡Ojalá lo pasasen por alto! ¡Ojalá se realice aún en último momento el milagro de la salvación!
Pero en ese instante observó uno de los esclavos el candelabro, se inclinó, lo levantó y lo cargó sobre sus espaldas. Ardía puro en el sol, brillaba y llameaba y parecía iluminar más aún al día: por primera vez en su vida contemplaron los ancianos el perdido sagrario de su pueblo, y ¡ay!, en el mismo instante en que vieron al amado símbolo, ya volvió a desaparecer en la lejanía. Con ambas manos, la derecha y la izquierda, sostuvo el negro de anchos hombros la dorada Menorah para mantener en equilibrio su pesada carga mientras subía por la vacilante escalera de madera; cuatro pasos, cinco pa-sos aún, y había desaparecido por siempre ese objeto sagrado.


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