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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.29

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Entonces reconocieron que sólo había sido el viento que siempre se levantaba antes de comenzar el día, sólo se había producido el diario milagro del surgir del día como después de cada noche terrenal. Mientras aún permanecían intranquilos, acentuóse la claridad de la lejanía rojiza, y ya se libró el paisaje con pálidos contornos de los velos. Entonces sabían había terminado la noche. la noche de su peregrinaje.
-Amanece -murmuró desengañado Abthalion-. ¡Oremos!
Reuniéronse los once ancianos. Quedó a su lado el niño menor, ignorante de la oración, y miró conmovido. Los viejos sacaron de su hatillo los mantos de oración y cubriéronse con ellos los hombros y las cabezas. Ataron las correas a la frente y a la mano, a la izquierda, la más cercana al corazón. Luego se dirigieron al Este, donde sabían a Jerusalén, y agradecieron a Dios que había creado el Universo, y lo alabaron con las dieciocho bendiciones de su perfección. Canturrearon y murmuraron, oscilando el cuerpo hacia adelante y atrás, en el ritmo de su oración. El niño no comprendió todas las palabras, pero vio el fervor con que se balanceaban los viejos en el movido cantar, como antes se habían mecido los arbustos en el huracán de Dios. Después del "Amen" solemnemente elevado, inclináronse todos, doblaron y guardaron sus mantos y preparáronse de nuevo para el viaje. Parecían más viejos los ancianos en la luz que poco a poco se despertaba: se marcaban más profundas las arrugas de su frente y más obscuras las sombras de sus ojos y boca: como si volviesen de su propia muerte, arrastráronse cansados y penosamente con el niño para cubrir el último y más doloroso tramo de su camino.
Clara y tórrida ardía la mañana itálica cuando los once viejos llegaron con el muchachito al puerto de Portus donde el Tiber deja fluir al mar sus aguas amarillas, lánguido y a desgano. Esperaban muy po-cas barcas de los vándalos todavía en la rada: una tras otra hacíanse ya a la mar, con el mástil victoriosamente embanderado, y el ancho vientre cargado de botín. Por último quedó una sola anclada frente a la costa absorbiendo con gula los restos del robo romano de los carros sobrecargados. Carro a carro acercáronse obedientes para ser vaciados, y cada vez llevaban los esclavos sobre sus hombros o alzadas sobre la cabeza las pesadas cargas al barco, pasando por una ancha escalinata de madera: cajones y arcas repletas de oro y ánforas llenas de vino.


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