El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.28
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en lo visible, sino para que siguiésemos fieles interiormente a lo inalcanzable e invisible. Quizás consiste nuestro camino verdadero en quedar siempre caminando, mirando melancólicos hacia atrás y anhelantes hacia adelante, siempre deseando la tranquilidad e inquietos siempre pues siempre es sólo un camino sacro aquel cuya meta se desconoce y el que, no obstante, siempre se prosigue tenazmente, tal como en esta noche marchamos hacia la obscuridad y el peligro sin conocer el fin.
El niño escuchaba. Mas Rabbi Eliéser había concluido.
-Pero ahora no preguntes más. Pues tu interrogación es más extensa que mi saber. Espera y ten paciencia. Quizás te conteste Dios una vez desde tu propio corazón.
El anciano calló y callaron los demás. Silenciosos permanecían parados en la carretera, y silenciosos los envolvía la noche, y todos tuvieron la impresión de hallarse solos en la obscuridad del mundo allende el tiempo.
De repente se estremeció uno de ellos, y alzó la cabeza. Presa de temor advirtió a los demás que escuchasen. Y en efecto, algo corrió por el silencio y se aproximó rumoroso. Al comienzo sólo parecía que alguien tocara apenas un arpa, un sonido obscuro, in crescendo, pero ya vibró más fuerte acercándose como viento o mar, y de pronto irrumpió en el bochorno una ráfaga poderosa de un temporal, breve y repentino, de tal suerte que los árboles sorprendidos a lo largo de la carretera alzaron sus brazos como si quisieran agarrarse en el vacío, y los arbustos cuchichearon confusos y el polvo se levantó del camino. Fue como si de repente bamboleasen las estrellas, y los ancianos, agitados como estaban a raíz de su disputa sobre su destino y atentos a la presencia divina, temblaban de que repentinamente pudieran recibir una respuesta, pues la Escritura decía de Dios que estaba en el vendaval, y que su voz se levantaba en el gorjeo suave. Todos inclinaron la frente hacia el suelo, todos escucharon al mismo tiempo hacia arriba e inconscientemente tomaron unos las manos de los otros para unirse contra lo maravilloso, y cada uno sentía el pulso del otro en su mano como un pequeño martillo arrebatado...
Pero nada sucedió. Tan repentinamente como se había levantado, cesó el viento huracanado, y poco a poco apagóse el rumor en la pradera. Nada sucedió. Ninguna voz habló, ningún sonido libertó el silencio aterrado. Y cuando uno tras otro volvieron a levantar la vista del suelo, advirtieron que al Este nacía sobre las tinieblas un primer fulgor ópalo y delicado.
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