El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.25
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Fue un aviso de Dios de que volvieran lo sagrado a su santo lugar y los objetos a la morada que los honraba, no por ser de oro, sino por su santidad. ¿Pero cuándo advierten los necios un aviso, cuándo se doblega el obstinado corazón del hombre dócilmente a la razón?
Rabbi Eliéser suspiró; y prosiguió luego:
-Tomaron, pues, nuestros objetos sagrados y los guardaron en otra casa del emperador, y como allá permanecían en una cámara cerrada durante años y decenios, creían que ahora los tenían a buen seguro para toda la eternidad. Pero siempre azuza un ladrón detrás de otro, lo que uno quitó a la fuerza, le vuelve la fuerza a quitar. Como Roma cayó sobre Jerusalén, así acaba de caer Cartago sobre Roma. Así como ellos nos robaron a nosotros, acaban de ser robados ellos, y tal como ellos profanaron nuestro santísimo acaba de profanarse el suyo. Pero aquellos bandidos también, han robado lo nuestro, nuestra Menorah, nuestros objetos para el servicio divino, y aquellos carros conducen, allá en la obscuridad, lo más caro a nuestros corazones. Mañana embarcarán el candelabro para llevarlo lejos, inalcanzable a nuestra mirada anhelante. ¡Nunca más veremos, los ancianos, la luz de este candelabro! Y así como se acompañan hasta la tumba los restos de un ser amado, para testimoniar el cariño con ese acompañamiento en el postrer viaje, así acompañamos hoy la Menorah en su partida al exilio. Es lo más sagrado lo que perdemos. ¿Comprendes ahora la tristeza de nuestra caminata dolorosa?
El niño marchaba cabizbajo y callado. Parecía reflexionar.
-Pero recuerda esto: Te hemos traído como testigo, para que en otro tiempo, cuando nosotros nos hayamos convertido en polvo, puedas atestiguar que hemos guardado fidelidad a lo sagrado, y para que enseñes a los demás que sigan guardándola Para que les ayudes a creer con nuestra fe que el candelabro volverá siempre de su camino a través de la obscuridad para alumbrar en el futuro gloriosamente con sus siete luces el altar del Señor. Te hemos despertado, para que se avive tu corazón, y para que en días futuros hables de esta noche a los que vendrán. Recuerda y consuela a los demás diciéndoles que has visto con tus propios ojos el candelabro que ha viajado mil años sin sufrir daño, como nuestro pueblo, en el extranjero, y del que estoy firmemente convencido que no perecerá, mientras no perezcamos nosotros.
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