El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.24
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Pero los guardianes perspicaces de aquella caravana, ya debían haber divisado a los que la seguían, pues hicieron volver rápidamente sus caballos, y ya se acercaba a todo galope un destacamento, las lanzas en ristre y con gritos agudos. Los guerreros numídicos estaban de pie en las sillas, y los albornoces revoloteaban blancos como si los corceles fuesen alados. Los once ancianos se juntaron instintivamente y tomaron al niño en su medio. De pronto se acercaron los jinetes con fuertes gritos y grande revuelo; sólo a unas pocas pulgadas de los asustados ancianos sofrenaron a los caballos con tal fuerza que se encabritaron, para examinar de cerca a los desconocidos rezagados. Pero cuando a la incierta luz de la luna inerte reconocieron que no se trataba de guerreros que les seguían para disputarles el botín, sino sólo de ancianos que atravesaban pacíficos la noche, viejos de barbas blancas y decrépitos, cada uno con un hatillo y un bastón en la mano, tal como en el país de ellos acostumbraban también los beatos a peregrinar de lugar en lugar, reían confiados a los ancianos y los dientes lucían blancos en sus rostros obscuros y salvajes. Luego emitió uno de ellos un silbido breve y fuerte; nuevamente hicieron girar a sus caballos, volviendo alados y ligeros como una bandada de pájaros a su presa, mientras los ancianos quedaron aún inmóviles por el relámpago del susto, y sin atreverse a comprender que habían sido perdonados y salvados.
Rabbi Eliéser, el puro y claro, fue el primero en recobrarse. Golpeó cariñosamente la mejilla del niño.
-Eres un valiente -le dijo, inclinándose sobre él-. Mantuve tu mano, y ella no tembló. ¿Quieres que te siga narrando ahora? Pues aun no sabes adónde vamos y por qué estamos despiertos en esta noche
-¡Cuenta! -exhaló con débil ruego el niño.
-Te dije, ¿recuerdas?, que Tito, el detestado, llevó nuestros objetos sagrados a Roma y los condujo, pretencioso, a través de toda la ciudad. Pero después de ese día guardaban los emperadores de Roma nuestra Menorah con los demás objetos sagrados de Salomón, en una casa que ellos llamaban templo de la Paz; necia palabra, ¡como si la paz jamás tuviera duración y un hogar en nuestra tierra belicosa! Pero Dios no toleró que permaneciese en un templo ajeno lo que había sido adorno del suyo propio en Sión; envió de noche un incendio, el fuego devoró aquella casa con techo y cima, imágenes y bienes; sólo nuestro candelabro se salvó de las llamas insaciables, y nuevamente se evidenció que nada pueden sobre él el fuego ni la lejanía, y tampoco la mano rapaz del hombre.
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