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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.23

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Mas oye ahora. ya que escuchas bien y a gusto, cómo fue y cómo sucedió en nuestra patria. Nuevamente pensábamos haber fundamentado el templo para los tiempos eternos, pues el perecedero sentido del hombre anhela la duración y desea a sus obras que persistan. Mas otra vez cruzaron enemigos el mar: desde este país en que ahora vivimos como extranjeros, vinieron, y conducíalos un emperador, un guerrero llamado Tito...
-¡Su nombre sea maldito! -murmuraron los ancianos, prosiguiendo la marcha.
-...y él derribó nuestras murallas y trituró nuestro templo. Con insolente pie penetró el temerario al Santísimo y arrancó el candelabro del altar. Su venganza robó lo que Salomón había creado, magnífico, para alabanza de Dios, y llevó consigo. triunfante, a nuestro rey encadenado y los objetos sagrados. Jactancioso prorrumpió el pueblo necio en gritos de júbilo cuando regresó victorioso, como si sus guerreros hubiesen conducido a Dios y lo arrastrasen en cadenas con ellos. Y tan magnífico creía el abyecto su crimen, tan preciosa nuestra degradación, que mandó construir, fatuo, un arco especial para recuerdo, e hizo grabar en mármol, en la obra artificial, su robo de los objetos divinos.
El niño levantó la frente, atento.
-¿Es aquél arco, con los muchos hombres de piedra? ¿Aquel arco delante de la enorme plaza, del que mi madre me advertía que nunca debía atravesarlo?
-El mismo, mi niño. Pasa siempre a su lado, no mires nunca esa puerta del triunfo, pues ella recuerda nuestro día más doloroso. Ningún judío debe atravesar ese arco, cuyas figuras demuestran cómo ellos se burlaban de lo que nos ha sido y siempre nos será sagrado. Recuerda siempre...
El anciano se detuvo en medio de la palabra. Pues desde atrás se le acercó precipitadamente, de un salto, Hyrcanos ben Hillel, y le puso la mano sobre la boca. Todos se sorprendieron desmesuradamente de semejante osadía. Pero Hyrcanos ben Hillel señaló silencioso a la carretera delante de ellos. Se distinguió allá algo confuso en el halo incierto de luna velada. Algo obscuro se arrastró despacio por la carretera blanca, como un gusano que se desplaza. Y ahora al quedar los viejos parados sin respirar, oíase a través del silencio el chirriar de carros muy cargados. Sobre esa columna obscura que se arrastró laboriosamente, relampagueó algo brillante como tallitos en el rocío matutino: eran las lanzas de la retaguardia númida que custodiaba los carros llenos de botín.


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