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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.22

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Y para que calcules cuán lejos viajaban en ese entonces los objetos sagrados con nosotros, cuenta tú mismo conmigo: pues, mira, sólo hemos andado tres horas, y ya sentimos dolor y cansancio en nuestros miembros. Pero Babel distaba a tres veces mil horas y más. Ahora comprenderás, quizás, hasta cuán lejos llevaron al candelabro que nos habían robado. Pero recuerda también esto: Ante la voluntad de Dios, no vale distancia alguna. Y cuando vio que su palabra seguía siéndonos sagrada en el exilio y... acaso sea éste el sentido de nuestra eterna persecución a través de la Tierra, el que lo sagrado se nos hace más sagrado aún a través de la lejanía, y nuestro corazón cada vez más humilde por el exceso de penas... cuando Dios. di-go, vio que resistimos la prueba, despertó el corazón de un rey de aquel pueblo extraño. Reconoció el rey su error, y permitió a nuestros antepasados que volviesen a su patria y les devolvió el candelabro de la casa de Dios y los objetos. Así regresaron nuestros abuelos de Caldea a Jerusalén pasando por desiertos y montes y matorrales. Retornaron vivos de los extremos de la tierra al lugar en que siempre estábamos y estaremos con nuestros pensamientos. De nuevo edificamos el templo en el monte Moria, de nuevo llameaba con siete luces el candelabro que regresara delante del altar de Dios, y nuestros cora-zones ardían con él. Mas recuerda bien esto, para que comprendas el sentido de nuestra marcha de hoy: ninguna obra de este mundo es tan sagrada, tan vieja y ha viajado tanto por los tiempos y por la tierra, como este candelabro de siete brazos, y de to-dos los símbolos que nuestra unión y pureza que teníamos y tenemos, es ésta la prenda más valiosa. Y siempre se obscurece nuestro destino cuando se apaga y obscurece su luz.
Rabbi Eliéser se interrumpió. Su voz parecía extenuada. El niño alzó bruscamente la cabeza y su ojo se convirtió en una pequeña llama ardiente de ansioso temor de que la narración pudiese haber tocado a su fin. Sonriente observó Rabbi Eliéser la impaciencia del infante. Le asió nuevamente la cabellera y dijo apaciguante:
-¡Cómo arden tus ojos desde adentro, niño! Pero no temas: nuestro sino nunca terminará; y aunque yo te narrara por años v más años, no conocerías sino apenas una milésima parte del camino que estamos destinados a recorrer.


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