El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.21
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Y surgió en aquellos benditos años de permanencia en nuestro país un rey que era rico y sabio, y al que llamaban Salomón...
-Bendito sea su nombre -interrumpió Abthalión en voz baja.
-Bendito sea su nombre -repitieron los demás ancianos prosiguiendo la marcha.
-...El construyó una casa en el monte Moria don-de otrora Jacob, nuestro antepasado, había visto en sueños la escalera que llevaba hasta el cielo, diciendo al despertar: "Este es un sagrado lugar, y por sagrado lo tendrán todos los pueblos de la Tierra". Allá elevó Salomón nuestra casa de Dios y era ella magníficamente construida con piedras y con maderas de cedro y metales trabajados. Y cuando nuestros antepasados elevaban la vista hacia sus muros, sentían su corazón seguro de que Dios iba a residir eternamente en nuestro medio y pacificar nuestro destino para siempre jamás. Tal como nosotros descansamos en hogares propios, descansaba en el recinto sagrado la tienda, y dentro de la tienda el arca tan largamente portada. Día y noche elevaba la Menorah sus siete llamas delante del altar todo lo que nos era sagrado descansaba seguro en el Santísimo del Señor, y aunque invisible, como había sido siempre y será eternamente, residía Dios, sin embargo, pleno de paz, en el país de nuestros abuelos, en el Templo de Jerusalén.
-¡Que mis ojos lo vuelvan a ver! -murmuraron avanzando los hombres, como en la oración.
-Pero oye, más, mi niño. Todo lo que tiene el hombre, sólo le es dado en prenda, Y el tiempo de su dicha corre sobre ruedas veloces. No era nuestra tranquilidad eterna como esperábamos, pues de Levante irrumpió un pueblo salvaje en nuestra ciudad, como los piratas que tú has visto, irrumpieron ahora en esta ciudad extranjera para nosotros. Cuanto podía ser tomado, lo tomaron; cuanto había qué pudiera ser llevado, se llevaron; cuanto pudo destrozarse, lo destrozaron; sólo lo invisible no pudieron quitárnoslo: La palabra y presencia de Dios. Pero arran-caron la Menorah, el candelabro sagrado, de la mesa, y lo llevaron, no porque era sagrado... pues eso no entendían los siervos del Malo... sino porque era de oro, y siempre aman los ladrones el oro. Y con el pueblo mismo arrastraron al candelabro y el altar, y todos los objetos sagrados consigo hasta Babel...
-¿Babel? -interrumpió vergonzoso el niño.
-Pregunta, pregunta, mi niño, y Dios quiera procurarte siempre réplica. Babel es llamada aquella ciudad, grande y poderosa como ésta en que ahora vivimos, y tan lejos quedaba de nuestra patria, que las estrellas se hallaban allá de distinta manera sobre nuestras cabezas.
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