El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.20
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Pues Dios también nos concedió una luz interior por medio de la Escritura, y como allá sabemos por el mirar, sabemos acá por el reconocimiento. Lo que la llama es para los sentidos, es para el alma la Escritura en la que están registrados las obras de Dios y las obras de los antepasados, la medida de toda actuación, lo permitido y lo vedado, el espíritu creador y la ley ordenadora. Dos veces vemos por la gracia de Dios al mundo por obra de la luz, una vez de afuera con los sentidos, y la otra con el espíritu, y aun logramos comprender su propia esencia gracias a su iluminación. ¿Me com
prendes, niño?
-No -exhaló el muchacho.
Entonces, recuerda sólo esto... lo demás lo comprenderás más tarde... Recuerda sólo lo que te voy a decir: lo más sagrado que poseíamos como signo en nuestra peregrinación, y lo único que nos ha quedado de los días de nuestro comienzo, eran la escritura y el candelabro, la Torah y la Menorah.
-La Torah y la Menorah -repitió temeroso el niño, y cerró los puños para retener más fuerte las palabras.
-¡Y ahora sigue escuchando! Llegó un tiempo... lejano ya... en que nos cansamos de caminar. Pues el hombre desea la tierra, como la tierra al hombre. Y como al cabo de años y más años de exilio llegamos a la Tierra que Moisés nos había prometido, nos incautamos de ella por derecho. Sembramos y aramos y cultivamos la vid y domesticamos los anima-les, y labramos campos fértiles y los rodeamos de setos y vallas, dichosos de no ser eternamente tolerados y expulsados por otros pueblos y los eternos huéspedes del extranjero. Y ya creíamos que nuestra caminata había terminado para siempre, ya osábamos la temeraria palabra de que aquella tierra era nuestra, como si jamás una tierra perteneciese al hombre al que todo sólo le es dado en prenda. Pero siempre olvida que "tener" no significa "mantener", ni "poseer" "conservar". Donde siente tierra bajo sus pies, levanta su casa y quiere asirse al terruño con las raíces de los árboles. Así construimos nosotros por primera vez casas y ciudades, y ya que cada uno de nosotros tenía un hogar, cómo no íbamos a tener urgencia de ofrecer, agradecidos, también a nuestro Dios y Protector, un hogar en nuestro medio, una casa alta y magnífica sobre todas las casas: una casa de Dios.
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