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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.19

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"No eran esos objetos que llamamos sagrados, imágenes del Ser divino -recuérdalo bien- como otros pueblos los crearon insolentemente, sino solo testimonios de nuestra fe eternamente vigilante: y dondequiera que caminábamos por el mundo, ellos nos acompañaban. Encerrados en una arca, los guardábamos en una tienda de campaña, y nuestros antepasados, errantes y sin patria como nosotros, llevaban esa tienda sobre sus hombros. Cuando descansaba la tienda con los enseres sagrados, nos era dado descansar, y cuando viajaba, viajábamos con ella. En el descanso y en el andar, por mil y mil años, el pueblo judío siempre se hallaba agrupado alrededor de ese santuario, y mientras conservemos el sentido por lo sagrado, duraremos como un pueblo en todas partes, por extrañas que nos sean.
"Pero ahora escucha. Los objetos sagrados de aquella arca eran un altar en el que depositamos los panes, el fruto nutritivo del regazo de la tierra, y vasijas de las que se elevan nubes de incienso, y las tablas de la ley en que Dios se nos había manifestado. Pero el más visible de todos esos objetos era un candelabro, cuya luz iluminaba eternamente el altar en el Santísimo. Pues Dios ama la luz que encendió, y nuestro agradecimiento por la luz que ha dado a nuestros ojos y sentidos creó ese candelabro. Era artísticamente labrado en oro puro; siete cálices arrancaban de su tallo ancho, y coronas de flores repujadas lo adornaban. Cuando las siete candelas estaban encendidas en los siete capiteles, ardía una luz en siete flores, y en su aspecto santificamos nuestro corazón. Cada vez que se enciende, los sábados, conviértese nuestra alma en templo de recogimiento; ningún objeto en la tierra nos es, por lo mismo, tan caro como símbolo como la forma de ese candelabro, y en todas partes donde un judío sigue creyendo en lo Santo, en cada casa bajo los cuatro vientos de la Tierra, eleva todavía una copia de la Menorah sus siete brazos en la oración.
-¿Por qué siete? -preguntó tímido el niño.
-¡Pregunta, pregunta mi niño! El preguntar conduce al saber. El siete es un número peculiar y grande entre los números, pues al cabo de siete días terminó Dios de crear el mundo y al hombre, y ningún mayor milagro del que nosotros estemos en este mundo y lo sentimos, y amamos, y reconocemos su creador. Por obra de la luz, Dios enseñó a los senti-dos a mirar y al alma a saber; por eso alaba el candelabro en sus siete brazos a la luz, la externa y la interna.


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