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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.18

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No nos pertenece. como a otros pueblos, la tierra sobre la que dormimos, ni crecen semillas y fruto sobre campo nuestro. Atravesamos los países con pies caminantes, y nuestras tumbas están cavadas en tierra extraña. Pero por dispersos que estemos, echados entre surcos como cizaña desde la mañana hasta la medianoche de esta Tierra, nos hemos conservado, sin embargo. como pueblo único y solitario entre los pueblos, por nuestro Dios y nuestra fe en El. Un invisible nos une, un invisible que nos mantiene y reúne, y ese invisible es nuestro Dios. Sé que te resultará difícil, niño, comprenderlo, pues solo lo visible se abarca fácilmente con los sentidos, sólo lo carnal puede tomarse y tocarse como la tierra y la madera, piedra y metal. Y por eso, los demás pueblos, se han creado sus deidades de objetos visibles de madera y piedras y metales trabajados. Pero nosotros solos y únicos, estamos apegados al invisible y buscamos un sentido superior a nuestros sentidos. Toda nuestra fatiga nace de la urgencia de no atenernos a lo palpable, sino de haber sido y de ser eternamente buscadores de lo invisible. Pero es más fuerte el que se lía con lo invisible que los que dependen de lo material, pues esto es perecedero y aquello perdura. Y más poderoso es, a la larga, el espíritu que la fuerza. Por eso, y nada más que por eso, niño, hemos vencido al tiempo, porque fieles para con lo eterno, con Dios. el Invisible. Él nos guardó la fidelidad... Sé que te ha de costar, niño, comprender eso, pues nosotros mismos no comprendemos a menudo en nuestro aturdimiento, que Dios y la Justicia en que creemos no se haga visible en estos mundos. Pero aunque ahora no me entiendes, no te confundas y sigue escuchando, mi niño.
-Escucho- respiró, tímido y encantado, el muchachito.
-Con esta fe en lo invisible pasaron nuestros padres y abuelos por el mundo, y para confirmarse a sí mismos que únicamente creían en ese invisible Dios, que jamás se descubrió y al que nunca representó imagen alguna, crearon nuestros antepasados un símbolo. Pues nuestro entendimiento es estrecho e incapaz de abarcar el infinito: sólo alcanza de vez en cuando a nuestra vida una sombra de lo divino, y nada más que una pequeña luz de ello llega raras veces hasta nuestros días terrestres. Pero a fin de que nuestro corazón jamás se enajene de su deber de servir a lo invisible que es la justicia, lo duradero y la gracia, creamos unos objetos para el servicio divino que requerían atención constante; un candela-bro, llamado la Menorah, en que ardían eternamente las velas, un altar sobre el que se depositaban siempre renovados panes para la contemplación.


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