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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.17

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Pero Rabbi Eliéser, el puro y claro, levantó el rostro serio hacia Abthalion, y por encima del niño que lloraba dijo:
-¡Necio! ¿Cómo no ha de preguntarnos el niño? ¿Cómo no ha de extrañarse cuando lo arrancan del lecho y lo conducen hacia una noche extraña? ¿Y por qué no ha de conocer la criatura el motivo de nuestro éxodo y viaje? ¿No tiene parte, por la herencia de su sangre, de nuestro destino? ¿No llevará por más espacio que nosotros nuestro infinito pesar a través del tiempo? Nuestros ojos están apagados desde tiempo ya, mas él vivirá todavía, un testigo ante otra generación, y el último de los que han visto en Roma el candelabro de la mesa del señor. ¿Por qué lo quieres mantener en la ignorancia, a él de quien queremos que sea sapiente y mensajero de esta noche?
Avergonzado calló Abthalion. Mas Rabbi Eliéser se inclinó tierno hacia el infante, y le alisó alentador el cabello:
-¡Pregunta sin cuidado, hijo! Pregunta cuanto quieras y te daré respuesta. Peor es para el hombre ignorar que preguntar. Sólo el que ha preguntado mucho, puede comprender. Mas sólo el que comprende mucho, será un justo.
El corazón del niño se estremeció de orgullo, porque le hablaba tan seriamente el sabio a quien todos los demás profesaban tanto respeto. Hubiese querido besar las manos del Rabbi, agradecido, pero era excesiva su timidez, y vacío y silencioso temblaba su labio ardiente. Mas Rabbi Eliéser, que en su vida había estudiado muchos libros, sabía leer también en la obscuridad del silencio los caracteres de los corazones. Atrajo suavemente la mano infantil, que descansó liviana y temblorosa como una mariposa, en la palma fría del anciano.
-Voy a decirte adónde vamos, y nada te quede oculto. Pues no cometemos ninguna injusticia y, aún cuando frente a los demás es un viaje secreto el que hoy realizamos, Dios sin embargo, lo ve y conoce nuestros pensamientos. Sabe lo que comenzamos, pero sólo él sabe, además, cómo terminará.
Mientras Rabbi Eliéser hablaba de esa manera al niño, no interrumpía su caminata, ni lo hicieron los demás. Solo se acercaron a los dos para escuchar, ellos también, lo que el sabio contaba al ignorante niño.
-Es un viejo camino, mi niño, el que proseguimos. Ya lo hicieron nuestros padres y abuelos. Pues hemos sido un pueblo peregrino por largos años y lo volvemos a ser y, quizás, ¿quién lo sabe?, es nuestro sino serlo por los tiempos eternos.


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