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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.16

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Sólo conocía la noche desde aquella callejuela judía, y ella era pequeña y estrecha. Un palmo de oscuridad con apenas tres o cuatro estrellas que se apretaban a través de las angostas rendijas de los techos. No había por qué temerlas, pues era pletórica de rumores familiares. Llegaban hasta el sueño la oración de los hombres, la tos de los enfermos, el arrastrarse de los pies, el maullido de los gatos, el rumor de la cocina, a la derecha dormía la madre, a la izquierda la hermana, se estaba cuidado, rodeado de calor y respiración, no se estaba solo; el niño se sintió más pequeño que nunca bajo esa cúpula veladamente abovedada. Si no hubiera estado con los hombres protectores hubiese llorado o tratado de esconderse en alguna parte de esa inmensidad que le acosaba desde todos los lados con su potente silencio. Pero, afortunadamente, quedaba en su minúsculo corazón lugar, al lado del temor, también para un ardiente y alardeante orgullo; pues al mismo tiempo se sintió el niño halagado porque los ancianos (en cuya presencia ni la madre se atrevía a hablar), los grandes y sabios, lo habían elegido a él, precisamente, al más pequeño de entre todos. No sabía por qué y para qué lo llevaban los viejos, pero a pesar de lo infantil que era su sentido, estaba penetrado del pensamiento de que esta marcha a través de la noche debía significar algo grandioso. Quería, por lo mismo, mostrarse digno, a todo trance, de su elección. y alargaba una y otra vez sus pa-sos, vencía valientemente su corazón cuando golpeaba con excesiva fuerza contra la garganta. Mas el camino seguía demasiado largo. Desde hacía tiempo ya estaba el niño cansado y lo venció siempre de nuevo el terror cuando, a la lechosa luz de la luna, se alargaban de pronto en el camino las propias sombras y después se derretían y no se oía sino el paso, el propio paso, sobre las aplanadas y retumbantes piedras. Y cuando de pronto algo voló inesperado con breve silbido alrededor de su cabeza, un murciélago negro, y rápidamente alejado a la noche, gritó el niño y tomó convulsivo la mano del abuelo.
-¡Abuelo, abuelo! ¿Adónde vamos?
El anciano volvió la cabeza. Únicamente gruñó severo y enojado:
-¡Calla y camina! No has de preguntar.
El niño se agachó como bajo un golpe. Se avergonzaba de no haber sabido reprimir su temor, "No debía haber preguntado", se dijo mortificado.


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