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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.15

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-Venimos tarde ya- juzgó Hyrcanos ben Hillel-. Los carros con el botín deben habérsenos adelantado mucho. Quizás ya estaban en marcha antes de que sonaran los cuernos. Es menester que nos demos prisa.
Todos apuraron sus pasos. En la primera fila iban, apoyado en un grueso bastón, Abthalion y a su derecha Rabbi Eliéser, al que llamaban Kab ve Nake, y entre el hombre de setenta años y el de ochenta, nadaba con menudos pasos, tímido y un poco amodorrado aún, el niño de siete primaveras. Detrás de ellos marchaban de a tres, los demás ancianos, llevando sus líos en la siniestra y el bastón en la diestra; cabizbajos andaban como detrás de un féretro invisible. En su derredor exhalaba pesada la noche de la Campania; ni una brisa salvadora levantó el vaho cenagoso que se cernía espeso y flemoso sobre los campos y que sabía a tierra putrefacta; y del cielo, sofocadamente cercano, pestañeaba una luna enfermiza y verdosa. Mala y fantasmagórica resultaba en la bochornosa noche la marcha hacia lo incierto, pasando al lado de redon-das tumbas, que estaban tendidas en el camino cual animales muertos, y al lado de casas saqueadas cuyos ojos de ventanas destrozadas, seguían estáticos, como los de un ciego, al milagro de los ancianos caminantes. Pero por lo pronto no amenazaba peligro alguno, la carretera dormitaba abandonada y blancuzca como un río congelado en la niebla. No se veían rastros de los bandidos y una vez sola, recordaba, a la izquierda, una casa veraniega romana en llamas su paso merodeador. Ya se había hundido la cima, mas, de dentro coloreaba el fuego lento el humo que se elevaba en espiral, y todos los viejos, los once, al mirarla, tenían uno y el mismo pensamiento: parecían haber visto la columna de humo y fuego que marchaba con el Tabernáculo cuando los padres y anteriores iban todavía detrás del arca tal, como ellos ahora marchaban detrás de los amados objetos.
Entre los ancianos, su abuelo Abthalion y el Rabbi Eliéser, jadeaba el niño y alargaba esforzado sus pasos para no quedarse atrás. Callaba, porque los demás callaban, pero llenaba su pecho un temor inconmensurable y a cada paso golpeaba su corazoncito doloroso contra las costillas. Tenía miedo, un miedo confuso y sin palabras, porque ignoraba el motivo por el que los ancianos le habían sacado de noche de su cama, miedo porque no sabía adónde lo llevaban, y miedo, sobre todo, porque nunca había visto la noche al aire libre y el cielo inmenso sobre ella.


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