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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.14

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Así se asustó su padre a cada aldabonazo, así se atemorizaron todos ellos, los viejos y sabios, cuando en la calle se leía un nuevo edicto, así se estremecían cuando moría un emperador y le sucedía otro, pues malo y peligroso era todo lo nuevo para la calleja de los judíos del Transtevere en la que él había vivido su pequeña existencia. Aun no ha aprendido la escritura, mas ya sabía eso: temer todo, todo en la Tierra.
Fijó el niño su mirada confusa y rápidamente cubrióle Abthalion la boca para que no gritara espantado. Pero apenas hubo el pequeño reconocido al abuelo, cuando ya se calmó. Abthalión encorvóse sobre él y musitó, muy cercanos los labios:
-Toma tu vestido y tus zapatos, y ven. Pero, ¡silencio, que nadie te oiga !
De inmediato se levantó el niño. Advirtió su secreto y se enorgulleció, porque su abuelo le hacía partícipe del mismo. Sin averiguar con una palabra
o mirada, tanteó en busca de su indumentaria y sus zapatos. Ya se deslizaba hacia la puerta, cuando la madre
levantó la cabeza de la almohada y. sollozó recelosa:
-¿A dónde llevas al niño?
-¡Calla! -replicó brusco Abthalion-. Las mujeres no tenéis que preguntar.
Cerró la puerta. Todas las mujeres debían haber despertado entonces en la habitación. Se oía detrás de la delgada madera hablar y sollozar, y cuando los once ancianos y con ellos el niño salieron de la puerta, para iniciar la marcha, ya sabía toda la calleja adonde les llevaba su peligroso camino, como si la extraña nueva se hubiese filtrado por las paredes. De todas las casas salían gemidos y quejidos temerosos. Pero los ancianos no levantaron la vista y no miraron en torno suyo. Callados y serenamente decididos iniciaron su marcha. Era cerca de medianoche.
Ante su asombro, encontraron la puerta de la ciudad abierta y sin vigilancia. Nadie preguntaba u obstaculizaba su caminar nocturno. Aquel llamado de corneta que habían oído, reunía los últimos guardias vandálicos, y los romanos, encerrados con su temor en las casas, no osaban aún a creer que había terminado la prueba. Por eso estaba completamente vacía la carretera que conducía al puerto sin un carro, sin un rodado, sin un hombre, sin una sombra: sólo las piedras miliares blancas bajo la luz de la luna cubierta de vapores. Sin impedimento atravesaron los peregrinos nocturnos la puerta abierta.


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