El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.11
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Calados permanecían sentados y tan quietos que se oía el lejano rechinar de los carros que seguían y seguían atravesando la noche, y ahora también los roncos cuernos vandálicos extrañamente repetidos de uno a otro extremo de la ciudad Después apagóse todo rumor. Todos pensaron lo mismo: ¡El gran saqueo ha terminado, el candelabro está perdido!
Rabbi Eliéser alzó la vista penosa:
-¿Esta noche, dices, se lo llevan?
Esta noche. En un carro lo llevan por la vía portuensis hasta las naves y, quizás, mientras hablamos, ya inicia su viaje. Esos cuernos llamaron a la retaguardia. Mañana temprano lo cargarán en una embarcación.
Rabbi Eliéser inclinó la cabeza cada vez más profunda sobre la mesa. Parecía quedar dormido al escuchar. Era como un ausente y no se apercibió de que los demás lo miraban desasosegados. Luego levantó la frente y dijo:
-Esta noche, dices. Bien. Entonces también tenemos que ir nosotros.
Todos se asombraron. Pero el anciano repitió, sereno y decidido:
-Tenemos que acompañarlo. Es nuestro deber. Recordad la Escritura y sus mandamientos. Cuando viajaba el arca, partimos nosotros; sólo cuando descansaba, nos era permitido descansar. Cuando viajan los signos de Dios, nosotros debemos viajar con ellos.
-¿Pero cómo hemos de cruzar el mar? No tenemos barcos.
-Entonces iremos hasta el mar. Es el viaje de una noche.
En ese momento se levantó Hyrcanos:
-Como siempre, aconseja Rabbi Eliéser lo acertado. Tenemos que acompañarlo. Es una parte de nuestra ruta eterna, Cuando viajan el arca y el candelabro, el pueblo, toda la comunidad debe viajar con ellos.
Entonces salió de un rincón una débil vocesita tímida. Simje, el carpintero, un hombre muy contrahecho, fue quien se lamentó medroso.
-¿Y si nos prenden? A centenares de hombres han llevado ya a la servidumbre. ¡Nos golpearán! Nos matarán. Venderán a nuestros hijos, y nada se habrá conseguido y nada se habrá hecho.
-¡Calla! -terció otro-. Y aparta tu temor. Si prenden a uno de nosotros, estará preso. Si muere alguno, habrá muerto por lo sagrado. Todos debemos ir, todos iremos.
-Sí, todos, todos nosotros, -gritaron confusos a un mismo tiempo.
Mas Eliéser, el rabbi, hizo una señal para acallar las voces. Nuevamente cerró los ojos, según era su costumbre cuando deseaba reflexionar. Luego decidió:
-Simje tiene razón. No lo injuriéis como cobarde y endeble. Tiene razón; no todos deben arriesgar su vida y dirigirse insensatos en la noche al encuentro de los piratas.
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