El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.10
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Pero así conservaron lo precioso por precioso, sin sospechar de su santidad. Así un bandido los quita a otro y ninguno se atreve a destruirlos, y cada uno de sus viajes los conduce de nuevo a Dios.
Ahora dejadnos reflexionar. ¿Qué saben los bárbaros de lo sagrado? Sólo ven que el candelabro es de oro. Si fuera posible halagar su codicia, les daríamos el doble, el triple de su peso en oro y, quizás, conseguiríamos comprarlo. No podemos luchar, los judíos; sólo en el sacrificio reside nuestra fuerza. Tenemos que enviar mensajeros a todos los dispersos en cada país, para que ayuden a rescatar, entre todos, lo sagrado. El doble, el triple, debemos aportar este año en donaciones para el templo, el traje que vestimos y el anillo que llevamos en el de-do. Hemos de readquirir los objetos sagrados así fuera por el séptuplo de su peso en oro.
Un gemido lo interrumpió. Hyrcanos ben Hillel alzó afligido la vista.
-Es en vano. Ya lo he tratado- dijo silencioso-Fue mi primer pensamiento. Hablé a sus tasadores y escribientes, pero eran brutos y crueles. Llegué hasta Genserico y le ofrecí elevado rescate. Escuchó gruñón y movió impaciente el pie. Entonces perdí la razón e insistí y ponderé que el candelabro había estado en el templo de Dios y que Tito lo había traído de Jerusalén como lo más preciado de su triunfo. Sólo entonces comprendió el bárbaro lo que había ganado y contestó, riendo descaradamente: "No necesito vuestro oro. Tanto recogí aquí que puedo adoquinar los establos de mis caballos y clavar piedras preciosas en sus cascos. Pero si el candelabro es en verdad el candelabro de Salomón, entonces no tiene precio para mí. Si Tito lo llevó delante suyo en el triunfo de Roma, entonces he de llevarlo yo en el triunfo sobre Roma. Si ha servido a vuestro Dios, entonces debe servir ahora al Dios verdadero ¡Vete!", Y con estas palabras me despidió.
-No debías haberte marchado.
-¿Acaso me fui? Me arrodillé delante de él, abracé sus rodillas. Pero su corazón era más duro aún que las tablillas férreas de sus botas. Me arrojó como una piedra. Y luego me hicieron salir sus siervos a golpes, de modo que apenas conservé la vida.
Sólo entonces comprendieron porqué estaban hechas jirones las prendas de Hyrcanos ben Hillel. Sólo entonces notaron el hilo de sangre coagulada en su sien.
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