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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.9

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-¡Silencio! -repitió-. Los niños gritan de susto, los hombres reflexionan. Sentáos todos y dejadme deli-berar. El espíritu es más activo si en tanto descansa el cuerpo.
Los hombres se sentaron avergonzados sobre taburetes y bancos. Rabbi Eliéser hablaba en voz baja a sus barbas y parecía deliberar consigo mismo.
-Ha sucedido una desgracia, una gran desgracia. Hace mucho tiempo ya que nos han quitado los artefactos sagrados y a ninguno de nosotros hase permitido contemplarlos en el tesoro del emperador, con excepción de solo éste. Hyrcanos ben Hillel. Pero, no obstante, sabíamos que estaban a salvo desde los días de Tito. estaban acá y cerca de nosotros. Más gentil nos parecía la extraña Roma cuando pensábamos que aquí descansaban, con nosotros en una misma ciudad, los sacros objetos, que habían viajado a través de mil años, que habían estado en Jerusalén y en Rabel y que siempre retornaban. No nos dejaban depositar panes en la mesa sagrada y, no obstante, cada vez que cortábamos un pan, pensábamos en ella. No nos dejaban poner luces en el candelabro sagrado. Pero cada vez que encendíamos una luz recordábamos la Menorah que estaba huérfana de luces en la casa extraña. No nos pertenecían los objetos sagrados, pero los sabíamos seguros y a buen recaudo. Y ahora ha de empezar otra vez la marcha del candelabro y no ha de ir a su ho-gar, según esperábamos, sino que se lo llevan y quién sabe adónde. Pero no nos lamentemos. Las quejas solas no remedian nada. Reflexionemos primero bien sobre todo.
Los hombres escucharon taciturnos. con las frentes inclinadas. La mano del viejo erraba por su barba. Ya seguía deliberando como consigo mismo:
-El candelabro es de oro puro, y muchas veces he pensado, ¿por qué deseaba Dios que nuestra ofrenda fuera tan valiosa? ¿Por qué exigió de Moisés que el candelabro sea de gran peso, de siete brazos y adornado con coronas y flores labradas? Muchas veces pensé si ello no creaba un peligro, pues siempre parte el mal de la riqueza, y sólo lo valioso atrae al ladrón. Pero de nuevo reconozco cuán fatuo es nuestro pensar y que todo lo que Dios manda tiene un sentido más allá de nuestro saber e inteligencia. Pues ahora comprendo: sólo por haber sido valiosos, esos objetos sagrados se han conservado a través de los tiempos. Si hubieran sido ordinario metal y trabajo sencillo, los ladrones los hubieran destrozado distraídamente y los hubieran fundido en espadas o cadenas.


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