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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.8

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-¿Qué han encontrado? ¿Quién han encontrado ?
Todos jadearon en un grito.
-El candelabro, la Menorah. Cuando llegaron los bárbaros la mantenía oculta, entre las sobras de la cocina. Premeditadamente dejé los demás objetos sagrados en el tesoro, la mesa con los panes benditos, las cornetas de plata y el bastón de Aarón y los incensarios, pues demasiados de los servidores sabían de nuestros tesoros como para que hubiera podido ocultarlos todos. Sólo quería salvar a uno de los objetos del templo: el candelabro de Moisés, el candelabro de la casa de Salomón; la Menorah. Y ya habían saqueado todo el tesoro, ya quedaba vacía la cámara, ya no investigaban más y se sentía seguro mi corazón de que por lo menos habíamos salvado para nosotros ese único de los símbolos sagrados. Pero uno de los esclavos, ¡que su alma se seque! me había espiado cuando guardé el candelabro y lo denunció a los bandidos, para comprar así su propia libertad. Les señaló el lugar y ellos lo excavaron. Ahora está robado todo lo que antaño se guardaba en el santísimo, en la casa de Dios, la mesa y las vasijas y los frontales del sacerdote y la Menorah. Esta noche, hoy mismo, llevan los vándalos el candela-bro hasta los mares.
Por un instante todos callaron. Luego surgió confuso de las bocas empalidecidas grito tras grito:
-¡El candelabro... ay... la Menorah... el candelabro de Dios... ¡ay!... el candelabro de la mesa del Señor... la Menorah!...
Los judíos tambalearon los unos contra los otros como ebrios, golpearon el pecho con los puños, se tomaban las caderas quejándose como si los abrasara un dolor. Como repentinamente cegados, revolvíanse los circunspectos ancianos.
-¡Silencio! -ordenó de pronto con vigor una voz, y todos enmudecieron en el acto. Pues fue el superior de la comunidad. el más viejo, el más sabio. el que les impuso silencio. el gran intérprete de la Escritura, Rabbi Eliéser, al que llamaban Kab ve Nake, el puro y claro. Tenía casi ochenta años, y blanca como la nieve cubría la barba su rostro. Su frente estaba surcada por el doloroso arado del pensar inexorable, pero el ojo había quedado bajo el mechón de las cejas, como una estrella bondadoso y limpio. Levantó la mano, delgada amarillenta y arrugada como los muchos pergaminos que había escrito, y cortó con ella el aire en horizontal como si quisiera apartar el ruido cual humo molesto y crear un espacio puro para un decir circunspecto.


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